Carpeta Amarilla

El humo de su cigarro

Septiembre 23, 2019 por

Son líneas curvas, sensuales, que flotan delante de su cara haciendo espirales delicadas. No es una nube densa o gris. El humo de su cigarro es blanco, y a través de delgados hilos de separación, se ve su rostro. Cabello claro y rizado. Dientes blancos. Ojos azules. Malditos e inocentes, traviesos y fríos ojos azules. Cuando los encuentro, no puedo parar de observar.

Está parado delante de la ventana, a menos de un metro de mí, completamente desnudo. Le gusta fumar después de tener sexo conmigo, y a mí me gusta recorrerlo con la mirada mientras lo hace. Me quedo acostada en la cama, con la cabeza apoyada sobre su almohada, y grabo cada una de sus facciones en mi cabeza. El humo de su cigarro y la luz que entra por la ventana lo envuelven, lo hacen silueta, y me da la impresión de que cuando el humo se disipe, él también lo hará.

—¿Qué? —pregunta, y sopla humo blanco hacia arriba.

Levanto mi brazo y me cubro el rostro con él. Las morenas no se sonrojan, pero mi cara está muy caliente.

—¿Te molesta la luz?

Asiento, sin pronunciar palabra. No se me ocurre ninguna. Tenerlo tan cerca me hace actuar así.

Se da la vuelta. Comienza a correr la cortina, pero se detiene en el punto exacto en que su sombra crea un hilo de luz que me recorre desde el muslo hasta los senos. Suelta la cortina con delicadeza y aplasta su cigarro en el pequeño cenicero que está junto a él, puesto estratégicamente sobre una repisa del closet.

—No te muevas —dice, y se desplaza ágil y velozmente hasta su morral, puesto con delicadeza sobre la mesa de noche.

Arrugo la frente al ver que saca su cámara. Lo nota de inmediato, y se ríe.

—Puedes taparte la cara si quieres —dice.

Y yo quiero, definitivamente. El trato es no dejar huella el uno en el otro.

Agarro la almohada y la coloco sobre mi cara. Escucho placat. Placat. Placat. Un chasquido breve y preciso. Lo siento desplazarse por toda la habitación con cada uno de ellos. Siento sus ojos clavados hasta en el más preciso detalle de mi cuerpo. Y en ese instante, sólo en ese instante, me digo a mí misma que soy todo. Que no hay criatura existente más hermosa o más sensual para él que yo. Que soy una joya. Que no hay otro lugar donde prefiera estar que ahí, conmigo y sus cigarros.

Pero ese instante pasa, como todos los instantes. Los chasquidos cesan. Sus pasos se detienen. Y en el fondo, lo sé. Nadie tiene que explicármelo. Porque cuando me ve, no me ve realmente. Soy lo mismo que un estanque, un canario o salón. Se conforma con aquello que le satisface a él y a su lente.

Y finalmente, cuando el humo de su cigarro acaba de disiparse, él ya no está.  

Créditos de la fotografía: @guardpic

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