Carpeta Amarilla

Un mal momento

Septiembre 15, 2018 por

Déjenme tratar de explicarles cómo me siento, pero sin decirles porqué. ¿La razón? No estoy interesada en hacerlo. una que otra experiencia me ha enseñado que compartir los hechos es mucho más inefectivo que compartir las emociones. Además, los hechos pueden verse como verdades o mentiras, depende de quienes las cuenten y las lean. Pero los sentimientos son verdades. Nadie puede decirte que lo que sientes es o no real.

Y bueno, la verdad es que yo necesito con quien hablar. Por suerte, tengo este lugar seguro para mí. Aquí puedo echar el cuento hasta el final sin que nadie me interrumpa, me haga preguntas o me de un consejo que no me hace sentir nada.

Resumiré esto en dos palabras. Estoy triste. Gracias a Dios, hay cosas que son así de sencillas. Estoy triste. Ya estaba medianamente triste antes de lo que me pasó, pero ahora sí estoy realmente triste. Las cosas que pasaron antes y la que pasó ayer son material ajeno a los espacios públicos. Pero estoy triste, y mucho.

Triste porque sé que no hay nada que yo pueda hacer. Triste porque el motivo de mi tristeza va más allá de algo que yo puedo controlar y arreglar. Eso me hace sentir molesta, además. ¿No les pasa que de repente, mientras viven sus vidas normales, algo les hace cambiar sus planes radicalmente?

Vamos, que puede ser algo chiquito. Piensen. Como cuando estás cruzando la calle, y por detenerte a ver alguna trivialidad un camión te lleva por delante. O cuando pierdes un vuelo por llegar tarde al check-in. Cosas como esas.

Bien, digamos que algo de ese tipo sucedió. Mentiría si dijera que no lo vi venir o no tenía idea de que algún día pasaría. Después de todo, a uno siempre le enseñan que debe mirar a los dos lados antes de cruzar la calle y yo siempre llevo un reloj digital en mi muñeca.

Nadie tiene que decirme cómo actúa la gente, porque me dedico a analizar el comportamiento con tanto detalle que me siento orgullosa de decir que incluso puedo predecir lo que la gente hará, incluso si no me lo confirma nunca. Quizá ese sea el problema, para empezar. Todo eso de medir y analizar a la gente me trajo hasta la tristeza de hoy. Pero al menos volví a tener razón… aunque la victoria, esta vez, se sienta como una patada en el culo.

En fin, volvamos a la tristeza. Estoy triste porque hay muchas cosas que siento que ya no tienen mucho sentido después de lo de ayer. Inversiones de tiempo, dinero y paciencia que hice. De las que no me arrepiento, claro está, pero que ahora no cumplen ninguna función. No dan ningún resultado positivo. Dicho de otra forma, es tiempo, dinero y paciencia perdida. Ugh. Odio jugar a pérdidas.

Por ejemplo, compré un juego que ahora ni siquiera quiero jugar sola. ¿Quién demonios compra juegos en una Venezuela del siglo XXI, para empezar? Ni siquiera uso Netflix, porque todo por lo que ellos me cobran está gratis y en HD en alguna parte de Internet. Sólo tienes que saber buscar.

Otro ejemplo, inicié un proyecto que una vez que vuelva a Caracas no sé cómo seguir. Es como si ya no tuviese nada que ver conmigo. Además, probablemente me ponga aun más triste tener que hacerlo (hago énfasis en el tener) en las nuevas condiciones que se presentan.

Creo que lo que estoy tratando de decir y lo que mi tristeza trata de decirme es que, maldición, odio los cambios. Bueno, quizá no los odio. Pero odio cuando no son para bien. O bueno, cuando yo no puedo ver donde está lo positivo (al menos por ahora). Odio cuando no son mi decisión. Y sobre todo, odio, odio, odio la impotencia de saber que no hay nada que yo pueda hacer para cambiar lo que no me gusta.

¿Y saben qué es lo que me da más rabia al respecto? Que sigo llorando como una estúpida por esto. Me siento la única casa de la urbanización sin internet ni agua. Intento no sentir nada. Intento ser una perra sin emociones, pero no me sale. Mi corazón es frágil, ¿saben? Es de esos órganos blandos, que no se pueden coser. Que sólo drenan y drenan hasta que la herida se cierra.

Por lo menos sé que algún día, efectivamente, se cerrará.

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