Carpeta Amarilla

Lejos

Agosto 13, 2018 por

Se subió a la moto y condujo. Lejos. A toda velocidad. Como si la carretera no tuviese fin. Condujo más rápido que cualquiera y fue dejándolos a todos atrás. Se pasó todas las señales, violó todos los límites de velocidad. Siguió en línea recta, sin mirar atrás, sin ver a quien dejaba a un lado o arrollaba en el camino. Egoísta, solitario. Cruel. Y dolido, sobre todo, muy dolido.

Las lágrimas le nublaban la vista —y el juicio— a pesar de que no estaba llorando. Nunca nadie conoce el dolor del que se aleja. Todos juzgan, todos se quejan, pero nadie sabe. Nadie sabe. Nadie sabe que el que se aleja sólo quiere que todo termine. Rápido. Sin más víctimas. Sin más involucrados que él mismo. Así, si algo llegase a suceder, si algo que llegase a explotar, el que se aleja estaría lo suficientemente lejos para no lastimar a nadie.

El que se aleja se siente valiente. Por eso la moto. Por eso la distancia. Porque mientras más solo está, más seguro estará. Y así, mientras se alejaba, o precisamente porque se alejaba, no vio las luces. No escuchó la corneta del carro azul que lo perseguía.

Un carro azul como ese carro azul nunca alcanzaría nada, pero hacía el esfuerzo. Su piloto, aunque torpe, pisaba a fondo el acelerador. Se olvidaba del freno, aun cuando el freno es lo más seguro. Esquivaba los obstáculos, le hacía cambio de luces. Pero nadie puede alcanzar a una moto que va así de rápido.

Sí, nadie puede alcanzar a una moto que va así de rápido. Pero hay cosas que pueden detenerlas. El piloto giró en una de las salidas de la carretera y desapareció. El que se aleja, el de la moto, ni siquiera lo notó.

Alejarse. Alejarse. Salir. Chocar.

El que se aleja sólo escuchó el golpe. Las lágrimas no le dejaron ver cuando el piloto del carro azul apareció a un lado de la carretera, indefenso, sin ningún carro azul, y se lanzó en medio de la vía.

Alejarse. Alejarse. Golpear. Caer.

Un obstáculo como ese hace que cualquiera pierda el equilibrio. El que se aleja sólo escuchó el golpe. El derrape. La caída. Las lágrimas —y otras cosas más— no lo dejaban ver.

Adolorido, el piloto se arrastró hasta él. Estiró los brazos, le rodeó el torso, se aferró con fuerza. El que se aleja lo pateó. Lo golpeó. Tiró de su cabello y lo arrancó por mechones. El piloto, aun así, aunque le dolía, se quedó allí. Firme. Duro. Tibio. Acogedor.

El que se aleja le rodeó también. Temblando. Gritando. Mojándole con las lágrimas. El abrazo ardía, pero… en algún momento, después de tanto gritar, después de tanto llorar, ya no sintió deseos de escapar.

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