Carpeta Amarilla

Cualquier día es un mal día para tomar el metro

Mayo 15, 2018 por

Cualquier día es un mal día para tomar el metro, sí, pero también lo es para tomar el autobús. Cualquier día es un mal día, además, para caminar. Cualquiera. Incluso hay quienes dicen que cualquier día es un mal día para salir de su casa, y más cuando se vive en la segunda ciudad más peligrosa de Latinoamérica, según el último informe del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal de México.

Pero sí, básicamente, sin ponerse demasiado trágicos al respecto, cualquier día es un mal día para tomar el metro. Cualquier día puede ser el día en que te encuentres con un discreto amigo de lo ajeno, un aprendiz de Houdini, que tome tu celular o tu cartera sin que te des cuenta en el vagón. O si tienes un poco menos de mala suerte, puede tan sólo ser el día en que un retraso del sistema ferroviario te haga llegar tarde al trabajo o la universidad. Pero si resulta que ese día, al contrario, además de no ser un buen día para tomar el metro, resulta que Mercurio está retrógrado sobre ti y te levantaste del lado equivocado de la cama, puede que te saques la lotería.

Para mí, cualquier día fue un viernes a mediodía. Un 20 de abril del 2018 como cualquier otro 20 de abril. Un día discreto, que pasa sin gloria después de un feriado. Un almuerzo apresurado, mal calentado en el prehistórico microondas —que ya ve los últimos años de uso antes del inminente reemplazo— de la oficina de Madea Store en el Centro Comercial Ciudad Center de Boleíta Norte marcó el inicio de una serie de malas decisiones.

Primera mala decisión: salir veinte minutos tarde. Todo aquel que vive en Caracas o la transita lo suficientemente seguido sabe cuánto cuesta y cómo se pagan los minutos de diferencia en lo que a moverse dentro de la ciudad se refiere. Más aún cuando dependes del transporte público. Y veinte minutos son veinte minutos, no había nada que un berrinche en el ascensor o una carrera hasta la parada pudiese hacer. El mal ya estaba hecho.

—No, niña —me dijo una anciana de piel morena, seguramente quemada por el sol—. Yo me pongo a esperar al Metrobús a ver si señor Dios me lo manda, pero eso ya casi nunca pasa. Uno si es bien pendejo, ¿verdad?

La señora siguió quejándose de otras cosas: de la vida, del gobierno, de la pensión en efectivo que ya no la quieren pagar completa. Intenté no escucharla, pero cuando se es tan viejo como ella hay que hablar con alguien de vez en cuando para no volverse loco.

Quince minutos, quizá más, quizá menos, fueron suficientes para hacerme aceptar que el Metrobús no iba a pasar por allí, al menos no en las próximas horas. Me despedí de la señora con la mano, y le deseé feliz día. No sabría decir por cuánto tiempo permaneció así, pero continuó mirándome hasta que me alejé.

Tercera mala decisión: creer que las paradas de autobús en el municipio Sucre son respetadas por los conductores, cuando lo cierto es que nadie sabe dónde puede —o no— pararte un autobús. Mientras recorría la interminable Av. Principal de Boleíta a un poco menos de 30 grados, al menos tres autobuses se pararon en medio del camino a dejar o recoger pasajeros. Aparentemente, parar todo el tráfico de una avenida principal en sentido sur sólo cuesta Bs. 2.000,00 de lunes a sábados; domingos y feriados, Bs. 2.500,00.

Aun así, al llegar a la parada, adquirí una especie de invisibilidad que hasta el más poderoso superhéroe admiraría. Camionetas iban, camionetas venían, pasando de mí como si de un poste se tratase.

—Es el bolso, chica —comentó un hombre que estaba a mi lado, esperando la parada—, esos perros creen que uno no les va a pagar el pasaje completo.

Unos dos o tres autobuses pasaron antes de que pudiese subirme a uno.

—Colaborando en el pasillo allá atrás, por favor, que la puerta de atrás abre —gritaba el colector del autobús mientras subíamos a sus pasajeros—. ¡Pasaje subiendo!

—¿Y dónde me vas a montar? ¿En el piso de arriba? —le respondió alguien, pero entre tanta bulla y cuerpos sudados juntos nadie se molestó en averiguar quién.

El camino, rápido. Llegamos a la estación de metro de Los Dos Caminos en cuestión de cinco minutos. Los pasajeros lo agradecimos de sobremanera. Pagué mi pasaje —medio pasaje, porque es lo que me corresponde— y corrí hacia la estación de metro. En parte porque esperaba estar lejos cuando el colector del autobús se diera cuenta que en aquella pilita había dos billetes de Bs. 500 en lugar de cuatro, en parte porque ya iba más que tarde a mi siguiente compromiso.

Un torniquete averiado me dio la cálida —literalmente, porque no hay aire acondicionado— bienvenida a la estación de Los Dos Caminos. Ni siquiera me molesté en preguntar qué sucedía. Últimamente, es más común no pagar el viaje en metro que hacerlo. El precio que pagas por eso no se cancela con billetes o monedas.

Los minutos pasan, el tren no llega. No hacen falta más de diez minutos para que todo el anden se llene, y no precisamente de gente feliz.

—Coño, marico, ya subió la carne otra vez, ¿tú crees que yo tengo ochocientas lucas mensuales para darle a mi mamá? —le dice un muchacho a otro, echándose aire con la mano—. Uno se cansa.

—¡Mami, tengo hambre! —se queja un niño, halando por el brazo a su mamá.

—Que ladilla con la gente marginal, vale… —murmura un hombre de mediana edad vestido de traje, de esos que parecen que el mundo puso por error en el lugar equivocado.

Y las voces aumentan, y el olor del sudor es cada vez más intenso, y tú solo quieres salir de allí. Sólo quieres que llegue el vagón y llegar a donde sea que debas llegar en el día. Sólo quieres ir a pasar trabajo, porque sabes que pasarás trabajo, pero quieres hacerlo en otro lado.

Entonces, cuando llega el tren, todos quieren subirse a la vez. Todos están desesperados por salir de allí. Por un momento, sientes que no estás sólo en esta ciudad, que todos comparten lo que sientes, al menos… que quieren lo mismo que tú. Pero si afinas el odio y la vista, puede que te decepciones. Porque donde hay personas enojadas, indignadas, queriendo pasar; hay otras que se ríen y despliegan aquel despliegue de salvajismo y descontrol con el que las personas entran y salen del vagón de metro. Se ríen. Lo están disfrutando. Les parece gracioso. Así que no te queda nada más que dejarte ir, con la esperanza de que esa ola de decadencia te saque de la espantosa estación de metro y te lleve a alguna otra parte.

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