Carpeta Amarilla
Lo que dicen mis cartas

Mis cartas

Abril 17, 2018 por

No sé si se habrán dado cuenta, pero amo las cartas. Las escribo seguido, aunque no siempre las envío. Últimamente, no las envío y ya. Las cartas no son siempre bonitas. No siempre tienen palabras dulces. A veces el vocabulario es afilado, como un cuchillo; cruel. Pero, ciertamente, son honestas. Las cartas están hechas para enviar sentimientos de un punto A a un punto B, como una suerte de avión de papel que, literalmente, vuela. Se mueve. Viaja. Las cartas son especiales porque, incluso cuando a veces no tienen un destinatario o un remitente, si están bien escritas, en algún momento llegan a las manos para las que fueron escritas.

Verán, yo antes solía escribir cartas para muchas, muchísimas, personas. Unas valían la pena, otras no tanto, pero todas eran especiales para mí. Ya saben que no soy demasiado buena para hablar con la gente, y mucho menos para hacerles llegar mis sentimientos. Entonces, casi siempre, necesitaba palabras. Palabras estructuradas, previamente pensadas, que ayudaran a poner algo de orden en los los colores y palpitaciones que hay en mi cabeza.

Antes solía escribir cartas, y se las enviaba a alguien especial. Fuesen para hablar de nimiedades o asuntos serios, yo les ponía mi corazón. Seleccionaba las palabras con la delicadeza de quien pinta un cuadro, de quien cuenta un chiste por primera vez, y, al menos al principio, casi siempre tenía una carta en respuesta.

Era divertido intercambiar cartas con esta persona hasta que, un día, dejó de responderme. Así que comencé este terrible y auto-destructivo hábito de preguntar:

—¿No te llegó mi carta?
—Te envié algo, ¿lo leíste?

Su respuesta era casi siempre la misma: falta de tiempo, falta de recursos, pero yo estaba segura que la respuesta a esa pregunta, al menos casi todo el tiempo, era falta de interés. Verán, yo lo sé. Las personas normales no son como yo. Las personas normales se aburren con el tiempo de cosas como éstas, pero yo quería seguir. Así que seguí escribiendo de todas formas, sin respuesta alguna y, además, sin preguntar. Sin rechistar. Sin exigir nada a cambio.

Con el tiempo, escribir cartas se convirtió en un ejercicio solitario, como si mis sentimientos no llegasen a ninguna parte. Como si ese avión de papel no aterrizara en el lugar correcto o se perdiese en la corriente de viento equivocada. Al final, decidí dejarlo. Creo que no he escrito una carta más desde entonces, aunque de vez en cuando me siento junto a cualquier ventana, cuando hace frío y se puede beber té caliente, y leo las palabras que alguna vez escribí —directa y personalmente— para alguien más. Se siente como si hubiese perdido algo.

La primera carta que envié la escribí cuando tenía diez años. No sé si aquella sea la primera realmente, pero es la primera que recuerdo. Se la envié a mi mejor amigo. Era simple y no tenía demasiadas palabras.

«Tengo que decirte que me gustas, pero preferiría que no me respondieras».

Y él cumplió, no sé si con gratitud o a regañadientes, mi petición. Nuestras vidas han transcurrido desde entonces como si aquella carta nunca hubiese existido. Nunca me pregunté qué hubiese pasado sin un «pero»; hay quienes dicen que todo lo que va antes de un «pero» no es verdad.

Lo bueno fue que yo mantuve mi tranquilidad, y la incómoda sensación que oprimía mi pecho finalmente se fue. Fui libre una vez más, y me sentí ligera después de contar la verdad, aunque fuese sólo al papel. Fue en ese punto en el que me rompí, supongo. Fue en ese punto en el que probé por primera vez las palabras sin consecuencias y me dejé envolver por esa sensación.

Me acostumbré a hablar menos de mí y de mis sentimientos, porque siempre tendría mis cartas para expulsarlos sin que dañaran a nadie, como objetos radioactivos empaquetados en bóvedas de máxima seguridad con claves encriptadas. La llave era mi retórica, mi forma de nombrar y renombrar las cosas para ocultar la realidad en un mundo supuestamente falso, un mundo que parece no existir pero que, contra toda lógica, existe.

Ahora que lo pienso, quizás me lo merezco. Merezco que esa persona dejara de contestar mis cartas. Merezco que mis cartas se pierdan. Merezco que mis sentimientos no vuelen y lleguen a donde deberían llegar. Merezco sentirme sola porque, al principio, fui yo la que pedí que no hubiese una respuesta. Me creí con la autoridad de robar el derecho de alguien a escribir —o no— una carta.

Supongo que este es mi castigo. Vivir silenciada, y admirando de lejos esa idea de libertad.

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Sin ánimos de escribir

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