Carpeta Amarilla

El Bachiller

Marzo 20, 2018 por

—Conecta un derechazo a la zona media —dice el comentarista, levantándose de su silla—. Ahora un gancho de izquierda a la cara. ¡Señores, lo tiene contra las cuerdas!
—¡Lo ha noqueado, amigos! José “El bachiller’’ Fagúndez es el nuevo Campeón Nacional en la categoría “peso mosca”.

Nació el 20 de febrero de 1926. Los días de gloria pasaron hace mucho tiempo ya. La piel arrugada, una plancha en vez de dientes y los tres pelos que aún le quedan en la cabeza son la muestra de que el tiempo no ha pasado en vano. A pesar de eso, su médico siempre le dice: ‘’Señor Fagúndez, usted está más sano que un toro. Mejor que yo, pues’’. Conforme pasan los días su memoria se desgasta más y más. Sus hijos, y nietos siempre se molestan con el pobre viejito por su falta de memoria.

—Estoy cumpliendo noventa, mijo —le decía a su nieto.
—Abuelo, ya van tres cumpleaños que me dices lo mismo. Ya son noventa y cuatro, acuérdate.

Se despierta todos los días a las cinco de la mañana. Se pone unos pantalones de vestir, una camisa de botones de color blanco y su chaqueta de cuero; la de costumbre, eso sí que no puede faltar. A las seis ya está listo, tan puntual como un reloj suizo, y sale a la calle. Tiene dos objetivos matutinos que alcanza diariamente: tomar un buen café (porque ya su ex-esposa no se lo hace) y comprar el periódico. Si, Mireya ya no es su mujer. Terminaron hace cuarenta años y él cometió el error de quedarse viviendo con ella, en la misma casa, aunque ya no tuvieran nada. Todo por el bienestar de sus dos hijos.

Después de conseguir el periódico, se devuelve a casa apurado para leerlo y hacer el crucigrama. Casi puede correr, pero los dolores musculares y el bastón que lo ayuda a caminar no se lo permiten. Pero, en serio, él lo intenta.
Fagúndez, como lo llama su ex-mujer, tuvo un crecimiento muy precoz.

A los nueve años ya sabía lo que era trabajar. Andaba de un lado para el otro, correteando, haciéndole los mandados a las doñitas que vivían por su calle. Sólo llegó al sexto grado de primaria, pues el dinerito que se ganaba haciendo mandados era mucho más importante. En sus tiempos, llegar al sexto grado era equivalente a ser un bachiller. Es por eso que se había convertido en el orgullo de la familia. Hasta empezaron a llamarlo ‘’bachiller’’ entre sus conocidos y amigos, y así se quedó.

Cuando se hizo mayor de edad entró a trabajar como obrero en la Universidad Central de Venezuela. Los senderos de la vida, o quizás el destino, lo llevaron a practicar boxeo allí. Salía todos los días del trabajado, a la misma hora, y con mucho afán se iba a entrenar. Al parecer, la puntualidad siempre fue una de sus más grandes virtudes. El talento innato que tenia para el deporte era extraordinario y, con el tiempo, después de mucho entrenamiento, se convirtió en un gran boxeador.

—Este muchacho tiene una derecha potente —decía su entrenador.

Se le sentía el orgullo en la voz cada vez que hablaba de él. Orgulloso de la máquina de lanzar golpes que había creado.

Fagúndez, de apodo “El bachiller”, fue reconocido en el ring por ese derechazo con el que noqueó a más de uno. Los que lo vieron pelear en esa época dicen que no había contrincante que lo igualara. Siempre los dejaba maltrechos, tirados en la lona. Tenía todo el potencial para ser campeón mundial y consolidarse dentro del mundo del boxeo. Su popularidad crecía como la espuma, pero la suerte le cambio de la noche a la mañana. Se le diagnosticó una enfermedad que marchitó el sueño de ser campeón mundial, y lo alejaron de por vida de los cuadriláteros. Las peleas habían terminado para él.

Su vida después del boxeo se volvió aburrida y rutinaria, como un carrusel de momentos del que no podía bajar. Incluso llegó a pensar que todo había perdido sentido, que el boxeo lo era todo para él, pero la llegada al mundo de sus dos hijos, varones, le dieron una nueva perspectiva a su vida. Seguía siendo el mismo hombre vivaz, de personalidad avasallante, ese que acostumbraba llegar temprano a todos lados. Pero ahora era mucho más precavido y cuidadoso. Había colgado los guantes con dignidad para sumergirse en un mundo totalmente diferente; Un mundo llamado familia.

Poco a poco y sin darse cuenta, Fagúndez fue perdiendo ese cuerpo atlético que el boxeo le había regalado, ese que volvía loca a todas las mujeres y con el que había conquistado a Mireya, la madre de sus hijos. La miopía y el astigmatismo, porque tenía las dos, comenzaron a hacer de las suyas. Tuvo que colocarse lentes para corregir su visión. La montura, que recubre los cristales, es de pasta color carey. Éstos lo hacen ver mucho más viejo. Ya es todo un señor.

Se convirtió en el súper héroe de sus dos hijos; los llevaba y los traía de la escuela, los ayudaba con sus tareas, porque el sexto grado que tenía si le sirvió para algo. Mientras, la relación con Mireya se volvía cada vez más álgida y, en ocasiones, hostil. El bachiller Fagúndez contemplaba con orgullo como crecían sus hijos. Entre regaño y regaño sentía que él y Mireya lo habían hecho bien. Era lo único que habían hecho bien juntos. Fagúndez veía reflejado en sus hijos uno de los más grandes sueños de su vida. Ese sueño era simple, quería vivir lo suficiente para poder conocer a sus nietos, y lo consiguió.

—Viejo, ¿viste la pelea? —Le dice Khevin, su nieto mayor—. Pacquiao contra Mayweather, fue la pelea del siglo.
—¿Pelea del siglo? Yo te aviso, mijo.
—¿Qué fue, viejo? No me digas que no te gustó.
—¿Que me va a estar gustando, si eso parecía un desfile moda? —dice el viejo, con un tono de sarcasmo en su vox— Mayweather no pega nada y lo único que hace es correr en el ring. El boxeo ya no es como en mis tiempos, mijo.

Nota: El primero de agosto de 2017 falleció José “el bachiller” Fagúndez, mi abuelo. Ese día el mundo perdió a uno de los mejores hombres que he conocido y le doy gracias a dios por haberlo tenido durante 22 años de mi vida. Hoy me doy cuenta que esos años se pasaron volando y, extrañamente, nunca pensé que el día de su partida llegaría. Siempre creí (como todos) que mi abuelo sería eterno. Gracias, viejo, por enseñarme tanto. Realmente no tengo palabras para expresar todo lo que siento. Ahora solo tengo claro que te amo y espero que donde quiera que estés sigas siendo el mismo hombre de principios, alegre y, sobre todo, que boxees como en tus mejores tiempos. Sé que serás el campeón de los cielos. No me despido porque estás conmigo. Te llevo en mi corazón.

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