Carpeta Amarilla

No tiene valor

Febrero 6, 2018 por

Esa despensa parece más bien un maletín de primeros auxilios: abiertas sus puertitas de par en par, dejan ver vendas. Cuatro rollos sin empezar; del otro sólo queda el envoltorio, un papel transparente y hecho jirones. Tres inyectadoras, cuatro tapitas. Una de ellas está sola, y no protege la punta de ninguna aguja. Frascos de pastillas vacías. Una navaja ensangrentada, con bordes —sin filo— sucios. Y dispersas por todo el baño, bolitas de algodón se mueven por acción del viento: en el suelo, sobre el lavamanos, junto a esa jabonera en forma de corazón; algunas bolitas están mojadas, otras del todo secas, pero todas manchadas del mismo color naranja opaco. El espejo, guindado un poco más arriba del lavamanos, suda. De la regadera el agua brota tan fuerte y emanando tanto vapor que la temperatura de la habitación está varios grados por encima de lo normal. El agua de la bañera está a punto de desbordarse y alcanzar ese secador de cabello encendido que hace un ruido casi tan fuerte como el del mismo viento que entra por la ventana. Pastillas, bolitas azules y cubiertas de algo pegajoso y transparente, hacían una montañita rara en el lavamanos.

Y gotas de sangre. Muchas. Gruesas. Marcaban un círculo siniestro dentro del cual, en posición fetal, llora una muchacha joven y de cabello corto. Con la mano derecha sostiene una aguja, y la izquierda estaba envuelta desde el codo en vendas improvisadas que gotean el temido líquido rojo. La piel blanca de su brazo derecho tiene las mismas manchas naranja que las bolitas del algodón, mas no se ve ninguna otra herida o magulladura. Sólo llora. Fuertemente. Temblando. Con un chorro de baba corriéndole por el borde de la boca. Apretando con fuerza esa inyectadora perfectamente limpia entre sus manos.

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