Carpeta Amarilla
IDGAF

¡Qué malentendido!

Enero 16, 2018 por

¡Hola, carpetitas! Espero que estén bien. O bueno, al menos mejor que yo. Últimamente —muy recientemente, en realidad— me ha tocado lidiar con situaciones medio —o bueno, bastante— desagradables. Sin embargo, ¡lo que es sagrado es sagrado, y se respeta! Ésta es otra edición de #MartesDePost, y hoy les traigo algo un poquito diferente. Verán, en estos días he tenido algunas ideas buenas que quiero explorar… pero todavía no lo he hecho. Jeje. Ustedes saben cómo soy. Pero, ¡ya va! Eso no significa que vine con las manos vacías. Para hoy, les traigo una cartaOh, sí. Una carta. La escribí hace un tiempo ya y, aunque nunca la he publicado en ninguna parte, siempre me ha parecido espectacular.

En fin, ahí se las dejo. Disfruten.

¡Qué malentendido!

Querido buen amigo,

Tengo la impresión de que me odias. O bueno, tal vez no me odies, pero esa mirada de desprecio que me lanzas cada vez que nos encontramos por casualidad me revuelve el estómago. ¿Sabes? Tenemos demasiados espacios comunes, amigos comunes, intereses comunes. Porque se supone que éramos amigos, ¿te acuerdas? Entonces, si tenemos que compartir tantas cosas, ¿no podríamos ser un poco más cordiales?

Te juro que no lo hice a propósito, que no lo hice por molestar. Recuerdo que una vez contaste que algo parecido te sucedió en el pasado y fue terrible. Desagradable. Dramático. Innecesario. Lo recuerdo, en serio. Recuerdo cuánto dijiste que odiabas esta clase de malentendidos. Así que por eso admito que te debo al menos una disculpa. No fue culpa mía enamorarme de ti. Fue tuya, en realidad, por ser tan asombroso. Esto es muy gracioso, porque eres de lo más creído que existe, pero sé que los únicos cumplidos que no quieres escuchar son justamente los que voy a decir.

Siempre pensé que eras genial, pero sólo genial como una buena película o un anuncio publicitario. Algo bueno, muy interesante, y efímero. Pensaría en ti a lo sumo una o dos veces a la semana, cuando uno de esos comentarios crueles tan propios de ti me hiciera reír. Y eso era suficiente. Eso estaba bien. Pero entonces tuve la mala suerte de conocerte en serio, de descubrir todas las cosas increíbles que eras capaz de hacer. Tuve que comenzar a respetarte de una forma completamente nueva. Aquí fue cuando todo se fue a la basura.

De repente empezaste a ser más listo ante mis ojos, más simpático. Más guapo incluso. En serio, fue raro. Te lo juro. Como cuando te haces la idea del mundo de una forma y luego te das cuenta de que tenías los lentes sucios. Empañados.

Y soy muy buena disimulando, créeme. Me enorgullezco —¿debería enorgullecerme?— de ser capaz de ocultar una buena parte de mis sentimientos. ¿Por qué? Una cuestión de practicidad. Para evitar problemas como éste. Pero tú pudiste más que mi máscara, y ese día que por casualidad me miraste y te miré y por alguna razón ambos sonreímos se me cayó todo el espectáculo. Y vaya que tú sabes de esas cosas. Comencé a ponerme nerviosa estando frente a ti, a decir estupideces o hablar demasiado agudo. Y eso no fue lo peor, porque frente a ti dije algo muy cruel, ¿lo recuerdas? ¿Te diste cuenta? Dije que los humanos no servían para amar, que todo eso no era más que una mentira en la que había decidido no creer. Seguramente no tienes idea de lo que hablo, no había manera en que pudieses sentirte aludido. No en ese entonces.

No sé cómo o cuándo te diste cuenta de mis sentimientos. No trates de mentirme, porque sé que lo sabes, sé que sabes tantas cosas acerca de mí que me asusta. De alguna manera entendiste lo que yo quería decir cuando por casualidad me quedaba mirándote fijamente y actuaste de inmediato. Te alejaste. Lo sigues haciendo. Y no quiero que lo hagas, pero si estás tan decidido, supongo que no puedo hacer nada al respecto. Es más, eres tan bueno haciéndome a un lado que ya ni siquiera disfruto estar cerca de ti. Siempre me pareció divertido que fueras tan genuinamente frío con las personas que en verdad no soportabas a tu alrededor. Ahora no tanto, creo. Me hiere cada vez que con una expresión tierna le hablas a los otros, porque sé que si tus ojos llegan a posarse en mí será como si me dieran un puñetazo en el estómago.

Se supone que el amor es algo hermoso, una de las pocas verdades de la humanidad, ¿no? ¿Entonces por qué tengo tantas ganas de llorar? ¿Por qué siento que soy la villana por tan sólo quererte? ¿Por ver lo maravilloso que eres en realidad? No es algo que yo pueda controlar. Te juro —otra vez— que lo intenté. Si tan sólo pudiese verte de otra forma, si tan sólo pudiese volver a ensuciar mis lentes para no ver como tus ojos se hacen chiquitos cuando sonríes, si tan sólo fuese sorda para no escuchar tus comentarios elocuentes; tal vez todo estaría bien. Tal vez nada de esto hubiese pasado. Ahora que sé quién eres, no puedo simplemente olvidarte.

Pero prometo no molestarte más. Sólo hay algo que necesito oír directamente de ti. Párate frente a mí, honestamente, y respóndeme: ¿de verdad ya no me quieres en tu vida?

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