Carpeta Amarilla

Malos (pésimos, terribles) dias

Noviembre 28, 2017 por

¡Hola, carpetitas! ¿Cuándo fue la última vez que nos leímos? ¿Dos, quizá tres semanas? Je, mala mía. Podría pasar las próximas seis lineas excusándome al respecto, pero dudo que eso tenga algún tipo de chiste. Además, no es lo que vinieron a leer. Pues sí, si están aquí, probablemente sea porque, como yo, han estado teniendo —o tuvieron en algún momento— una mala racha, uno de esos malos (pésimos, terribles, horribles, caóticos) días en los que quisieras que el mundo tuviese un botón de Eject o una salida de emergencia.

Y si estás aquí es porque, además, no pudiste hacer nada al respecto: todo te salió mal, te amargaste, y entonces, todo comenzó a ir aún peor. Y para hacerlo más divertido, cuando por fin decidiste que no harías nada, que no seguirías metiendo la pata por ahí, ¡vino algo o alguien a terminar de arruinarte el día! Descuida, mi bien desdichado lector, que aunque estés en el fondo, no estás solo. Todos caemos en ese hueco oscuro de vez en cuando.

Las Tinaventuras del día

Todo comenzó como un día… no tan normal. Desperté con la llamada de alguien a quien yo suelo despertar todos los días para ir a la universidad. Sorry, Vicks, estabas en lo cierto, seguía dormida cuando me llamaste. Para resumir la historia, puse el primer pie fuera de la cama con mi mejor actitud de badass. 

—¿Qué importa si salgo tarde?

—¿Qué importa si me esperan unos 10 minutos?

—¿Qué importa si no le digo a mi abuela que ya voy saliendo, y la dejo que se angustie un rato antes de darse cuenta de que (obviamente) es martes y (obviamente) estoy en la universidad?

Agarré las llaves de María Fernanda —alias el TinaMovil—, me colgué el bolso del hombro derecho y partí en el que, sin siquiera sospechar, sería el peor día del mundo.

Llegando a casa de Vicky, mi compañera del día a día en aventuras universitarias (y cualquier pendejada en general), los frenos del TinaMovil se evaporaron. No, no es como si se hubiesen aflojado. No, no es como si comenzaron a fallar. Señores, los frenos del TinaMovil desaparecieron por completo. Puff. Adiós. Sayounara. Bye bye. Les aseguro que si lo planeo, no me sale así de bien el truco de magia.

Pero, ¿qué sería lo peor que podría pasar? Ya eran casi las 7 de la mañana, y tanto Vicky como yo necesitábamos llegar a clases. ¿Cuál fue la primera mala decisión del día? No escuchar a esa voz dentro mi cabeza que me decía “Vuelve a casa y enciérrate en tu cuarto a jugar los Sims”. Partimos entonces, con los frenos malos pero una buenísima actitud mañanera a la universidad.

Nuestra primera clase del día: los más absurdo e inútil que puede existir. Algo que sólo puede definirse como perder el tiempo. La segunda clase del día: un profesor que llega hora y media tarde con la cara fresca y tan siquiera sin una explicación. Ah, y la presentación de una evaluación teórica que estoy segura que reprobé. Ah, y la certeza de que raspé la evaluación anterior también. Ah, y una clase hecha a las carreras. Ah, y el estrés de que mi teléfono se quedó sin batería a mitad de mañana y no pude cumplir con mis compromisos de trabajo en redes sociales.

Hasta este punto, la cosa suena mal… pero no tan terrible. Tras salir de clases, estuve a punto de chocar tres veces, pues mis frenos estaban mucho peor que en la mañana. Gracias a Dios, Vicky estaba distraída por otros bad moments de su día y su hermana Diana realmente no estaba muy pendiente de nada, porque dudo que hubiesen querido seguir acompañándome de saber que, en serio, de verdad, ya no llevábamos ni un poquito de frenos. Sólo a la Virgen María echándonos bendiciones y buena vibra.

Tan pronto como la dejé en su casa, me dí cuenta de que no podría seguir. No. No iba a llegar a mi casa. Pero como si Vicks leyera mi mente —te amo, chamita chama—, me preguntó:

—Mi tío está en la casa, ¿quieres que revise el carro?

Pude sólo haberme echado a llorar y suplicar que no me dejaran sola, pero en lugar de hacerlo, preferí hacerme la dura un par de segundos y pensármelo.

—Sí, bueno, será. Dale, si no se va a tardar mucho.

Tuve que comprar un pote de algo llamado “Liga” para los frenos del carro, y eso me costó Bs. 150.000,00. Puede no parecer mucho, pero para alguien a quien no le sobran… creánme, es burda. El pote de líquido mágico no solucionó mágicamente el problema, pero sí me sirvió para llegar hasta mi casa. A mi abuela, ni una palabra del asunto. Me comí mi sopita de auyama en silencio y le pregunté qué había pasado en el capítulo de hoy en la novela de la 1:00 p.m.

Uno de mis primos, quien fue el que me vendió a María Fernanda y que aún tiene algunas cuestiones pendientes que revisar (y arreglar, ahora) del carro, ni se apareció hoy… después de prometerme que vendría a echarle un ojo cuando yo llegara de la universidad. Y yo todavía, inocente, pensando que nada más podría suceder, reté al destino.

—Entonces, Dios, ¿alguna otra cosa que desees mandarme?

¡Aprobado, señores! Mi teléfono —sí, el chinito. El que ya les dije que se había quedado sin carga— comenzó a presentar fallas con la lectura de la tarjeta de memoria externa que usa, y perdí todas mis aplicaciones. Ja. Ja. Ja. Todas las que uso para trabajar desde el celular. Ja. Ja. Ja. Con todos los datos e imágenes. Ja. Ja. Ja. Y no se pierdan de esto, que viene la mejor parte.

Muchos de ustedes saben lo costoso que se puso Movistar. Ahora cobran cada MegaByte adicional a tu plan mensual casi en BiteCoins. Pues… naturalmente, tuve que ponerme a restablecer mi celular. A descargar las aplicaciones y todo eso. Pues, lo hice. Las descargué… muy tontamente, sin conectarme al Wi-fi de la casa primero. Y me quedé sin megas.

Lecciones de vida

Bien, tuve un mal día. Tuve el peor día que me ha tocado vivir en mucho, muchísimo tiempo. Y aquí sigo. El martes no ha terminado, y sigo esperando que otra cosa mala me pase. Pero, ¿saben qué? No creo que haya una forma de evitarlo. El secreto para superar los malos (pésimos, terribles) días como el de hoy no existe, y si te toca, tienes que aguantar hasta el final. No vale la pena ponerse a llorar en medio del caos o tratar mal a la gente que quieres. Ten presente que el hecho de que cambies tu actitud por una más positiva no va a ayudarte a solucionar los problemas o hará que mágicamente dejen de caer las desgracias sobre ti, pero eventualmente la mala racha va a terminar y tú tendrás una buena tragicomedia para contar.

¡No te amargues! Y si eres como yo, siempre puedes escaparte a jugar Los Sims 4. Al menos, si quemas tu cocina allí, siempre podrás usar la clave millonaria para recuperar el mobiliario hecho cenizas.

Y tú, ¿cuándo fue la última vez que tuviste un mal día?

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¡Nos vemos (leemos) en el próximo post!

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