Carpeta Amarilla
Una de las tantas frases famosas del Hobbit

Como mantequilla sobre demasiado pan

Noviembre 7, 2017 por

¡Hola, carpetitas! ¿Alguno conoce esa frase? Hace no mucho tiempo, una persona muy —muy, demasiado— importante para mí me dijo que yo era como “mantequilla esparcida sobre demasiado pan“. La primera vez que lo hizo, lo reconozco, me sentí ofendida. Durante toda mi vida siempre me habían respetado y admirado por hacer un millón de cosas al mismo tiempo, y no podía entender cómo eso era algo malo. Saber de muchas cosas, probar muchas cosas, hacer cursos, tomar clases, emprender proyectos, escribir, dibujar, actuar, tocar guitarra, cantar en español, inglés, ¡japonés!

Solía pensar: ¿qué tiene de malo ser curiosa? ¿Cómo puede ser un crimen querer saber y hacer un poco más de lo que la mayoría hace? Esa versión de mí misma, lo vuelvo a reconocer, estaba desesperada por encontrar algo en lo que realmente fuera buena, o simplemente, algo que le apasionara lo suficiente como para no querer darse por vencida.

Trabajar duro para cumplir las metas

Problemas de foco

Quien me conoce, sabe que tengo una manía compulsiva por los cursos. Todas y cada una de las áreas del conocimiento me dan aunque sea un poco de curiosidad. Números, letras, teorías de la psicología, aerodinámica, mecatrónica… creo que podría disfrutar de todas ellas aunque sea un poco. Aunque sea un poquito.

Entonces, ¿cuál solía ser el problema? No terminaba de enfocarme en las cosas que se suponía que debía o quería hacer. En pocas palabras: siempre estaba perdiendo el foco. Lo que significa, también en pocas palabras, que nunca llegaba a concretar nada demasiado grande o especial como para hacerme reclamar el resto de mi vida para dedicarme a eso. Terrible, ¿cierto? Ser talentosa para todo tiene un precio.

La reprimenda

Entonces, resulta que llegó esta persona y se paró frente a mí, firmemente, para decirme que desperdiciaba mi talento, que era “como mantequilla esparcida sobre demasiado pan“… que nunca lograría nada a menos que me enfocara, que tenía que concentrarme en lo que realmente quería, que no podía esperar lograr algo de forma excepcional si estaba demasiado ocupada o cansada para dar todo mi corazón por ello.

Sin ánimos de escribir

Me tomó tiempo entender y aprender esta lección. De hecho, creo que aún sigo luchando con ella, pero ahora soy capaz de identificar cuándo mis prioridades se están quedando enterradas bajo un montón de cosas que no valen la pena. Eso quiere decir: soy capaz de identificar y solucionar el problema, antes de que sea muucho peor. Y gracias a eso, además, he descubierto que soy capaz de lograr cosas asombrosas cuando… ehm, bueno, me concentro.

¿Por qué les cuento esto?

Por primera vez en poco más de un mes, les fallé en un #MartesDePost. De hecho, estuve a punto de fallarles esta semana también. Pero no se crean. Soy responsable, y aunque no hice un drama —demasiado grande— al respecto, me sentí bastante mal. Ustedes no saben lo orgullosa que había estado de mí misma por no haber abandonado ni un día mi blog, y más al tomar en cuenta el montón de responsabilidades que tengo en este momento.

Y aún así… volví a meter la pata, volví a fallar. ¿Y saben que es lo peor? Que fue por esa mala costumbre de hacer un millón de cosas. Oh, sí. Estoy recayendo en eso de perder el foco. Por un momento, le di prioridad a cosas y personas que en realidad no lo son, y perdí de vista las cosas importantes. Fue allí cuando sentí miedo. Me confundí. Me dio escalofríos. Me vi a mí misma tratando de cumplir con demasiadas cosas a la vez, demasiado agotada para dar mi mayor esfuerzo, demasiado saturada para pensar, demasiado cansada por aspirar a más que aquello que está sólo bien.

Sin ánimos de escribir

Estás siendo idiota

Ustedes saben cómo es la vida. Toda simple y poética a la vez. Toda aburrida y especial. Esa misma persona, aquella que me comparó en el pasado con un desayuno mal trecho, cuando más lo necesitaba, volvió a darme una cachetada psicológica. Me miró a los ojos y dijo:

—Lo estás arruinando. Estás siendo idiota otra vez.

Por favor, no.

—No puedes querer hacerlo todo al mismo tiempo.

Otra vez el mismo regaño.

—Tienes que descansar más.

Ok, tal vez tenga razón en eso.

(Lo siguiente que leerán es una simulación de bajo presupuesto de una escena de cine. Ejerciten su cerebro e imaginen que lo que leerán a continuación es cámara lenta)

—Eres cooooomo mantequiiiilla soooobre deeeemasiaaaaaado paaaaan…

Y he allí, la versión del “Te lo dije” hechas para adultos a través de un libro acerca de hobbits.

Me grité a mí misma: “¡NO! No lo haremos de nuevo. Ya no somos así…”. Creo que esa reprimenda auto-infligida me ayudó a darme cuenta de que no puedo hacerlo de nuevo, no puedo cometer los mismos errores una y otra vez.

Así que me dije a mí misma, otra vez:

—Mi misma, no somos mantequilla sobre demasiado pan. Somos mucho mejor que eso, somos increíbles.

Conclusiones, soluciones

Yo soy un desastre. Yo me equivoco constantemente y meto la pata… pero si hay algo que sé que me importa, es esta comunidad. Este grupito de gente que viene a leer mis locuras y las de mis amigos de vez en cuando. Y los quiero.

Lamento haberles fallado la semana pasada, ¡pero prometo compensarles! Por los momentos, sólo les pido una cosa con respecto a esto: aprendan la lección a través de mí. No sean como yo. No sigan mi ejemplo. Si algo les gusta, les apasiona, ¡vayan por ello! Eso sí, no olviden ponerle más mantequilla a ese pan.

¿Te has sentido atrapado entre responsabilidades alguna vez?

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¡Nos vemos (leemos) en el próximo post!

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