Carpeta Amarilla

Casémonos al estilo Emilie Autumn (Diciembre, 2015)

Octubre 24, 2017 por

¡Hola, carpetitas! Hoy pasaron muchas cosas, pero como no quiero quedarles mal, decidí hacer trampa. Sí, horrenda y terrible trampa. Jejeje. Como saben que yo no me apego a las reglas y las cambio como me da la gana porque yo soy así… decidí modificar un poco las condiciones de los clásicos #TBT. En todo caso, “Tuesday” también empieza con T.

Pero véanlo por el lado bueno, ¿Hace cuánto que no subíamos un #TBT? Para bien o para mal, creo que todos esos textos viejos que tenía por allí, llenándose de polvo, ya están publicados en el sitio web. En todo caso, como hablé de este hace poco, quería volver a subirlo a la página. Hace unos meses tuve que borrarlo, pero siento que su lugar permanente es acá, disponible para ustedes. ¡Espero que les guste!

Cuento: Casémonos al estilo Emilie Autumn

Las personas hacen cosas por dinero. Llevan cargas pesadas, matan, se ensucian y mienten por el que esté dispuesto a pagar. Lo han hecho todo el tiempo, de formas más o menos glamurosas que otras, e incluso por sumas mucho desproporcionadas al valor de sus actos. Todo ser humano se ha arrastrado —o lo hará alguna vez— por monedas de cobre, por migajas de pan, por palabras vacías de amabilidad o una palmada en la espalda. Así funciona la desesperación. Por ello, podríamos decir que mi historia comienza como la de cualquier otro: siguiendo una condición humana. Como nada más que un servicio que se irá cobrando a manera de crédito, a cuotas fijas y plazos negociables, que dependerán de mi compasión y de la capacidad de este caballero para arrastrarse a mis pies como un gusano. Sin ensuciarme los zapatos. Estrecho su mano con soberana cortesía, y él deposita un desagradable beso en ella. Contengo las ganas de vomitar.

Tenía dieciséis cuando decidí que no quería ser pobre. Una vieja que olía a miseria pasó a mi lado, y la peste que emanaba de ella me hizo fruncir el ceño. Mi madre me reprendió inmediatamente, y me dijo que esas arrugas en mi frente condenarían mi futuro y mi estabilidad. “Hay que lucir siempre hermosas mientras que la ilusión de belleza distorsione la vista de todos”, solía cantar en una horrible canción de cuna mientras me peinaba el cabello cada noche antes de ir a dormir. Unos días después del incidente de la vieja ocurrió algo importante: llegó mi momento de ser presentada en sociedad, a la gente importante; se supone que ya no era una niña, aunque de vez en cuando me escapaba para jugar muñecos o asaltaba el tarro de galletas que mi madre escondía en lo alto de la alacena. Pero después de cruzar esas puertas con el vestido de escote, nunca más se me permitió caminar descalza o hablar con la boca llena. Comencé lecciones de canto, de piano, de cómo sentarse —como si cualquiera no supiese como sentarse—, de tejido y otras tantas de cosas que no significaban más que puro entretenimiento para los que estuviesen a mí alrededor. Aprendí a bailar, a caminar con la espalda recta, a no respirar para mantener mi abdomen plano y, por supuesto, a no arrugar la cara. En el camino una señora mayor, adornada con joyas de los pies hasta la cabeza, me dijo que el truco de la buena vida era identificar tus recursos y explotarlos al máximo: los inteligentes debían crear cosas, los astutos debían robar cosas, y las mujeres bellas podían hacer cualquiera de las dos. Esa señora y la vieja del basurero tenían la misma mirada de infelicidad, pero la primera olía mejor.

Caigo sobre su cama, y todo el repugnante cuerpo del caballero presiona contra mío, presiona mi alma. Quiero fruncir el ceño, pero mi cara va a arrugarse. Dejo entonces que me lleve a donde quiera, que viaje con mi cuerpo a donde le plazca, mientras que yo permanezco acostada allí, usada como una de mis muñecas, con la mirada perdida en la hermosa luz de la noche que entra por el vitral barroco de su habitación. Este hombre tiene más dinero que el cielo estrellas y lo lanza al aire porque no tiene nada mejor en qué gastarlo. Ahora podrá gastarlo en mí.

Tuve un hermano menor una vez, mi madre lo envió a la guerra. Siempre dijo que rezaba por nuestra felicidad, pero mi hermano nunca regresó. Las historias de sus compañeros versaron de un niño idiota que abrazó una granada para salvarlos a todos, y aun así la explosión no dejó a nadie con vida a tres kilómetros de distancia. Ese mismo año yo empecé a tocar el piano en público; los hombres quedaron embelesados con mis pechos y mis labios rosados, no con mi música. Hubo muchos aplausos y flores, muchos regalos y favores, que me hicieron sentir como una reina por algún tiempo. Miré a la gente desde abajo, me encontré con la misma vieja que cuando tenía dieciséis y la pateé en la espalda cuando se agachó a recoger un pedazo de pan que le arrojé. Algunas personas, en su mayoría mujeres envidiosas, comenzaron a decir que yo siempre parecía enojada, a pesar de que cuidaba de no arrugar mi frente ni una vez. Pero era muy joven y hermosa, tenía derecho a crear —falsas ilusiones— y robar —los labios ajenos— a mi placer, y por eso el odio de ellas era proporcional al deseo de sus maridos.

Aunque los zapatos me incomodan y estoy mareada —si respiro demasiado, las hermosas telas del vestido me sacarán barriga—, estoy caminando al altar, sosteniendo un ramillete de rosas rojas como la sangre. Asumo que son el sustituto para sellar el contrato que estoy a punto de firmar. En las bancas de la iglesia reconozco un rostro, el de mi ya envejecida y elegante madre, entre una multitud de fanáticos y enamorados secretos que nunca se atrevieron a poner un anillo en mi dedo, temerosos de un rechazo. Pero a cualquiera de ellos se lo hubiese aceptado. El hombre que me espera junto al sacerdote no es otro sino el más valiente. Ah, y el más rico, poseedor del capital suficiente para el pago de este crédito a largo plazo. Trato que la luz multicolor que se refleja sobre él me recuerde a una boda, y no a sus nauseabundas carnes desnudas saltando sobre mi como un perro empapado en el sudor y el éxtasis del coito.

Tomé muchas decisiones que me trajeron a donde estoy, y no sé a partir de cuál debí comenzar a arrepentirme. Bailé con los pies correctos y equivocados, y dejé ir la felicidad un par de veces por ser poco prometedora. “Una dama necesita pan, y sólo amor no se puede comer”, decía otra de las canciones de mi madre. Una vez un violinista me ofreció que me fugara con él; tenía una casita pequeña en la montaña, un refugio de la podredumbre de la ciudad, en la que podíamos vivir. Me dijo que me amaba y me ofreció cosas que sólo podía darme en realidad, cuando todos hasta la fecha habían regalado estrellas simbólicas y a la luna. Demasiados dueños tenía ya la luna. Miró mis ojos todo el tiempo durante su confesión y sus manos no estaban tocando mi cuerpo. No había devoción divina en sus palabras, sino una promesa de iguales. Me obligó a amarlo por todo lo que él era, sin hacer nada, sin pagar nada. Y me obligó a perderlo también, pues un automóvil se lo llevó a un lugar distinto —y distante— al que teníamos planeado para encontrarnos. Un lugar al que no podía llegar a menos que saltara de un edificio, y acepté el reto. Fue allí, en medio de una ráfaga densa y helada, escuchando el rugir del viento a veintiséis pisos de altura, que comprendí que el amor era una promesa falsa e irracional, cuya idea de lo eterno no coincidiría jamás con lo efímero de la vida humana.

Hay pequeñas versiones mías y del hombre de los vitrales corriendo por el jardín, y yo envidio su libertad mientras los observo desde la ventana de la sala de estar. Una copa con vino tinto toca mis labios con la misma frecuencia que parpadeo. Hay demasiadas cosas que quiero tengo que olvidar para poder seguir. Como tocar el piano, por ejemplo. Me siento frente a él, tan borracha que apenas puedo caminar, pero apenas mis dedos tocan las teclas producen la diabólica música que trajo hasta este lugar. Estoy deseosa de que mi cabello cambie de castaño a blanco y que luego se caiga, estoy ansiosa de que el hombre de los vitrales encuentre a alguien más joven e igual de ambiciosa y tolerante que yo. Quiero que me encierren en lo profundo de la tierra y viajar al mundo de las cosas eternas, al que se llega saltando de un edificio, y volver a escuchar el sonido agudo de una pieza de violín.

Aprendí de mis errores e hice que mi corazón dejara de funcionar sin que dejara de latir. Eso me ayudó, más que ningún otro consejo, a salir adelante. Me concentré en las cosas que tarde o temprano se acababan, fuese a corto o largo plazo. Un concierto, una botella, un encuentro sexual. Creí que me estaba aislando del mundo, que mi oscuridad ahuyentaría a la gente, pero sólo hizo que me aplaudieran más. Y más regalos, y más favores, y más hombres interesados en curar lo roto de mi alma. No podían entender que no estaba destruida, sino apagada. Eran estados sumamente diferentes, pues el mío era del todo voluntario. Aun así, aproveché cada cosa que mi falsa nueva apariencia me trajo para obtener más y más de lo efímero. Fortuna, poder, atención, placer. Me resigné a llenarme de todo a lo que como humano tenía derecho. Conocí todos los lugares del mundo a lo que quisieron llevarme, toqué en todos los escenarios que quisieron recibirme, me entregué a todas las manos que desearon tocarme. Me convertí en una mesa que cambiaba de mantel cada tanto, sólo por la curiosidad de saber cómo me lucirían nuevos encajes. Probé de lo bueno y de lo malo, del catolicismo y del culto a Belcebú, y cada cosa me hizo sentir satisfecha por un tiempo y a su manera. Así, cuando vi que este mundo ya no tenía nada más que ofrecerme, decidí tener una familia.

Ahora que me miro en el espejo. Me parezco mucho a la señora mayor y a la vieja de la basura. Tengo un poco de ambas, lo bueno y lo malo. Escondo bajo las largas faldas de mis vestidos las cortadas que me hago con trozos de una botella de vino partida o mis propias uñas, y ya tengo arrugas en la frente. Mi madre tenía razón. La belleza distorsiona la vista, pero ahora que se ha ido puedo ver lo horrible que soy en realidad. Podría decir que la anciana que está frente al espejo no soy yo, que no se parece en nada a lo que fui en mis días de juventud, pero reconozco cada marca en mi piel como la consecuencia de una de mis acciones. Mis dedos están llenos de anillos que se caen por lo delgado de mis dedos, llevo vestidos hermosos colgando de una espalda curveada y los lujosos sombreros que me coloco no hacen más que ocultar los espacios que se han quedado sin cabello. El hombre de los vitrales no se ha muerto, no se ha cansado de mí, y nuestras versiones en miniatura están por dejar la casa. Mi hijo varón va a ser soldado y la niña quiere tomar el mismo camino que yo, aunque sé que no lo logrará. La semana pasada vio a un mendigo y le entregó un pedazo de pan en la mano.

Nunca quise que las cosas transitorias de la vida lo fueran, muchas veces intenté convertir lo fugaz en eterno, pero ahora que quiero terminar conmigo no puedo hacerlo. Despierto a la mañana siguiente, sin nada más que pueda agotar ya, con cada vez más años, y sin poder dejar este mundo a pesar de que rezo para amanecer muerta. No puedo creer que éste sea mi castigo. En un mundo de cosas efímeras, agotables, yo me convertí en lo único inmortal.

Y seguí, y seguí existiendo. Pasaron los años. Las flores del jardín, mis hijos y el hombre de los vitrales se marchitaron. Las calles cambiaron su forma y el hombre aprendió a volar en máquinas de metal. Se secaron los mares y alguien llegó a la luna. Mi pasado alcanzó a mi presente y lo dejó atrás, y el futuro se convirtió en un espiral del silencio que nunca termina. Por esa razón me decidí a contar mi historia. Con la esperanza de que hablar de mí en pasado marcara mi inicio, y así tal vez un día llegue mi final.

Por Iraima Andrade.

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