Carpeta Amarilla
Una nueva crónica: Por pendeja

Por pendeja

Octubre 17, 2017 por

—Que ladilla regresarme sola.

Enviado el mensaje, el iPhone fue a parar a las tetas de Patricia. Ella se quejaba de que no eran lo suficientemente grandes, que no lucían bien ni en traje de baño, pero al menos le servían para guardarse el celular. La señora del 4-B le había dicho que podía acomodarle un bolsillito en el costado del sostén para que se lo metiera ahí —porque, ¡ay, mija! Si usted supiera que esos aparatos dan cáncer—, pero Patricia no estaba preparada todavía para modificar su ropa interior. Ella decía que tenía orgullo, coño, que prefería guardarse esa vaina en el culo antes que hacerle un bolsillito su Victoria’s Secret. Además, esa era una hora relajada, en un día relajado. Lunes antes de Semana Santa, y la gente ya creía que estaba de vacaciones. Como el gerente no había ido a trabajar, le dijeron que podía agarrarse la tarde. Y ella, ni pendeja que fuera, a un cuarto para las doce ya se estaba colgando la cartera del hombro. Veinte minutos después, su tarde libre se arruinó.

Gorda, la batería me está fallando otra vez. Me voy directo para la casa.

Leyó el mensaje de mala gana justo antes de salir de la oficina y, otra vez, torció los ojos. Ese carro pasaba más tiempo en el taller que su mamá en el médico, y eso que la señora Eleonor era hipocondriaca. Cuando ya pensaba que tendría que irse oliéndole el violín a alguien en el metro, Patricia se acordó de que hace unos días Sascha Fitness había dicho en una entrevista que una buena forma de tonificar las piernas sin ir al gym era caminando, y su casa tampoco estaba demasiado lejos. Decisión tomada. Se despidió de todos en la oficina y emprendió su salvaje camino en tacones ejecutivos por el Boulevard de Sabana Grande.

El valor que le dio Sascha Fitness se lo quitó el solazo del mediodía, que le quemaba la piel incluso debajo de esa camisa blanca. No llevaba ni un cuarto de trayecto y ya le estaba mentando la madre a la desgraciada por haberla convencido de ser Patricia Fitness y caminar, cuando fácilmente podía seguir tomando Herbalife. Prometió que se inscribiría en el gym en lo que cobrara la quincena.

El calor la distrajo, y el teléfono sonó. Patricia lo dejó bailar varias veces, ya acostumbrada a esa vibración supuestamente cancerígena en el centro del pecho, hasta que la curiosidad acabó por ganarle al miedo. Se metió en el Farmatodo y se sacó el teléfono de su escondite. ¡Gabriela Granados (@GabGranal1) ahora te sigue en Twitter!

 Gran vaina.

Aprovechó la parada estratégica para comprar un refresco y chicles —¿Cuánto? ¿Mil doscientos bolos por tres cositas?—, y siguió para Plaza Venezuela.

—Mi reina, ¿sabe dónde me queda el Bicentenario? —la detuvo un viejo, parándosele en frente.

El tipo llevaba una camisa naranja desteñida y pantalones azul rey, con una gorra pelada en la punta de la lengua. Patricia no quería mirarlo a la cara, tenía todos los dientes torcidos y oscurecidos por el sarro.

—No sé, señor. Permiso —respondió casi instintivamente y siguió su camino, a paso acelerado.

Algo en la cara de Patricia le haría gracia al viejo, porque se le pegó al lado.

—Relájate, amiguita, que no te voy a robar. ¿Para dónde vas?

—Plaza Venezuela.

—Sí, ¿pero para dónde? —insistió.

A pesar de su boca horrorosa, el hombre sonreía. Serían las canas grasosas que se salían por los lados de la gorra o la conversación que la distraía del calor, que Patricia se relajó.

—Por ahí, señor, para Plaza Venezuela. Yo soy casi turista por aquí.

—Ah… yo ando armado pues, y no me quiero caer por aquí, ¿ves? Dame ese celular que cargas ahí.

El punto de quiebre. Patricia se quedó en el lugar, pero el viejo la agarró por el brazo y la puso a andar de nuevo.

—Sigue hablando conmigo, como si fuéramos amiguitos. Aja, mira para abajo. Me camina derechito —repartía instrucciones el viejo, con voz baja y simpática.

Que manía tenían los malandros de ponerlo todo chiquitico. Para abajito. Camina lentico. Como si lo que estuviesen haciendo es jugar un jueguito, y el hierro que llebaban en el pantalón no fuese sino un hierrito.

El viejo le había montado un brazo por encima de los hombros, y la halaba hacia él para que se sintiera aún más vulnerable. El sujeto tenía un olor ácido, picante, pero si a Patricia se le hubiese ocurrido mencionarlo, con uno de esos comentarios snob que eran tan propios de ella, probablemente le hubiese ido peor. Quien los haya visto pensaría que eran amigos de verdad, y quien se haya dado cuenta de la escena tampoco hizo nada al respecto. Ya saben, pendejo al que agarran y pendejo el altruista que se mete en atracos ajenos.

Pasaron varios puestos de Patrulla Inteligente, otros tantos policías también estaban allí, y el adjetivo de inteligente sólo les quedó para la calcomanía del carro, porque el olor a pollo frito que se desprendía de Arturo’s parecía más importante. Patricia, por su parte, no decía nada, y agarraba la cartera con fuerza. Seguía caminando. No se había molestado en cuestionar al viejo si quiera, en levantarle aunque sea un poco la voz, pero tampoco sabía cómo zafarse del asunto. Dijo lo primero que le vino a la cabeza.

—No tengo celular, señor —balbuceó en voz baja.

—Que me entregues esa vaina.

Patricia quería llorar y las manos le estaban temblando. Se sentía como una niña a la que amenazaban con la correa, aun cuando ni siquiera la había visto. ¿Cómo podía decir aquel hombre con tal amabilidad y naturalidad que le diera el celular o le iba a volar la cabeza?

—Dámelo, pues.

El resto de la historia ya todo el mundo se la sabe. Aja, ahora se me va derechito hasta su casa. No vaya a ver para atrás o ya sabe. Me quita esa cara. No me mire. Si la veo llorando, ya sabe. Pero realmente Patricia no sabía, porque cuando es el miedo el que está mandando, no hay razonamiento que supere en complejidad al “Si no le doy el celular, me vuela la cabeza”. El viejo desapareció. O eso supone Patricia, porque tuvo demasiado miedo para voltear en todo el camino hasta su casa. Ni siquiera tuvo cabeza para agarrar la camionetica. En algún punto comenzó a gemir, llorar, temblar o a caminar demasiado rápido, porque la gente que le pasaba de cerca le preguntaba, con una mezcla de lástima y resignación “¿Te robaron?”, y ella sólo seguía caminando sin ver atrás. Sin ver atrás porque él podría estar ahí, y volarle la cabeza.

¿Pero qué clase de malandro se viste de naranja y azul rey? De paso, ¿un viejo, en serio? Al lado de los 1,70m de alto de Patricia, el viejo era menos que un humpa lumpa. Chiquito y flaquito, como una caricatura dibujada con flojera. Pero todo cambia cuando hay un arma de por medio. Aunque, ¿se había percatado al menos de que tenía una pistola? El miedo dio paso a la rabia. ¡El coño de su madre! Aun así, no podía parar de temblar. Y tembló, y corrió, y lloró hasta que llegó a su apartamento.

—Gorda, ya lleg- ¡Patricia!

Su novio le pidió que se calmara, que no podía entender lo que decía. Pero ella no quería decir nada. Tenía tanto miedo y tanta rabia junta que no sabía exactamente qué debía contar, ¿qué se había metido a un Farmatodo a revisar Twitter? ¿Qué un coño de su madre se aprovechó de haberla asustado para quitarle el celular? ¿Qué probablemente ese desgraciado ni siquiera estaba armado? Porque el instinto de supervivencia actuó, y lo demás quedó en segundo plano. Porque no quería ser un nombre más en la morbosa edición meridiana de Venevisión, que está llena de historias de estudiantes y hombres de mediana edad que mueren en penosas circunstancias por hacerse los valientes. Porque simplemente tuvo demasiado miedo, ¡por pendeja!

Y entonces, cuando la gente comenzó a pedir explicaciones, ella les dijo lo que querían escuchar: ¡No, por Dios! Yo ni siquiera había sacado el teléfono antes. El coño e’ su madre me puso la pistola en las costillas y me dijo que si no se lo daba, me iba a matar. Y se lo tuve que dar, pues. ¡Me siguió casi hasta la casa, sí, marica, con la pistola en la espalda! ¡Ya no se puede vivir así! Y a medida que contaba, más y más fornido y despiadado se hacía el ladrón, y más inevitable y desafortunado se hacía el incidente. Una vez, sólo por probarse a sí misma, incluyó a un cómplice en la historia. A su mamá casi le da un ataque (falso) al corazón cuando escuchó que la montaron en una camioneta extraña.

Nadie quiere quedar como el pendejo de la historia. Y a Patricia, cada día, cuando le toca llamar de ese potecito que era de su mamá, le hierve la sangre. Está convencida que la robaron por su culpa. Por pendeja. Porque el problema no es que la policía no hizo nada al respecto, el problema no es que su caso es tan sólo una anécdota más, el problema no es ni siquiera que el malandro tenga la certeza de que el miedo por sí solo es suficiente para despojar a alguien de sus cosas, sino que los celulares son sólo para usarse dentro de la casa, y no en la calle. Puedes llamar a quien quieras desde allí, e incluso usar el teléfono local.

Por Iraima Andrade.

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