Carpeta Amarilla
Por dinero o por placer

¿Por dinero o por placer?

Julio 20, 2017 por

—Mi dinero está limpio. Mi dinero no tiene sangre, ni drogas, ni alcohol ni sexo. Mi dinero no se usó para comprar pecado o dolor. No directamente. Mi dinero son risas, y diversión, y colores. Son los movimientos de nuestra hermosa trapecista dorada, que parece una bengala mientras vuela por los aires. Son los filosos cuchillos que atraviesan el aire y viajan certeros hasta la ruleta de madera. Son los accidentes de los payasos, son los trucos de los elefantes y las hazañas increíbles del hombre bala. El show de magia, los…

—¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—¿Qué hace usted aquí? ¿Por qué lo trajeron hasta mi mesa?

Roland Argent se quitó el sombrero de copa alta, y lo dejó sobre la mesa. La cinta que lo bordeaba, roja y pulcra, brillaba más que las luces de la sala de interrogatorios. El traje negro con detalles dorados y fondo rojo de lentejuelas que llevaba puesto parecía ser poco coherente para salir a pasear. A menos, claro, que fueras el dueño de un circo. Sólo entonces todo tenía sentido, pero inmediatamente lo volvía a perder.

—¿De dónde cree usted que vienen las risas, oficial?

El hombre alto y canoso, de traje barato color caqui curtido y solapas arrugadas, no respondió. Se aflojó la corbata y se acomodó en la silla, esperando a que Argent continuara.

—Esto es algo que yo no inventé. Es cosa de científicos, ¿sabe? Forma parte de todo eso que se descubre sin saber para qué será útil. Y así, luego llegan sujetos como yo, que le dan una razón de ser y una aplicación lucrativa —dijo, mirando al oficial con los ojos bien abiertos. El rímel negro debajo de ellos comenzaba a correrse—. La risa, así como el llanto o los gritos de dolor, son una respuesta de las personas, digamos, los niños, al entorno.

—Si no pretende llegar a ninguna parte con esto, preferiría que se ahorrara la explicación.

La lámpara fluorescente sobre sus cabezas parpadeó un par de veces, dejándolos por instantes completamente a oscuras.

—Pretendo, pero no se impaciente. ¿Cómo va a disfrutar el truco si no se deja seducir por la presentación inicial del mago?

—¡Argent!

Las cucarachas que recorrían los pies de ambos hombres debajo de la mesa se dispersaron por el resto de la pequeña habitación.

—Como decía, antes de su grosera intervención, las risas son…

—¡No me interesa de dónde vienen las malditas risas! ¿¡Dónde están los niños!?

Argent, sólo entonces, mostró una amplia sonrisa. Sus dientes eran grandes y rectos. Como bloques. Sólo uno de ellos, el colmillo dorado de la encía superior derecha, rompía con la escalinata blanca y perfecta. Así, con los labios reducidos a nada, parecía la boca más grande del mundo. El oficial hizo una mueca de asco. Se imaginó, por un segundo, a Roland Argent comiéndose a los niños. Triturando sus cráneos con esa dentadura pesada, y esparciendo su sangre por todo el suelo de su circo.

—Ahora quiere hablar de niños —sugirió Argent, ladeando ligeramente la cabeza y entrecerrando los ojos.

—Por eso estamos aquí.

—Entonces hablemos de niños, aunque, si le soy sincero, no me interesan demasiado. Los niños no compran, ¿sabe? Los niños no tienen dinero. Llegan con sus manos vacías y pegajosas y quieren distraer a mis artistas, alimentar a mis animales con porquerías y dejar sus palomitas tiradas por todas partes. Pero hay que soportarlos, porque si ellos vienen, sus padres vendrán detrás. Allí es donde está el negocio.

—Y eso es lo que a usted le interesa, ¿correcto? El negocio, el dinero.

—Siempre y cuando esté limpio, o se pueda limpiar. Lo bueno de los negocios es que están en cualquier parte, y hacer una fortuna es mucho más fácil de lo que usted se imagina.

La lámpara seguía parpadeando. Aun así, incluso cuando todo estaba oscuro, el oficial de policía podía ver los ojos enormes de Roland Argent. Bolas blancas, bordeadas por creyón negro y escarcha.

—Estábamos hablando de niños.

—Por supuesto, y creo que ya sé cuáles le interesan. Ellos, a diferencia de los demás, llevaban bastante en los bolsillos. Los tres niños que fueron hace seis días a ver nuestro espectáculo de circo. Normalmente no aceptamos que entren solos, pero ellos se veían especialmente… entusiasmados —Argent pronunció cada palabra lentamente, dejando a su lengua bailar con cada sílaba —El hombre tenía una dicción impecable—. Dijeron que querían ver el show de marionetas, y pagaron sus entradas. Escuché de mi personal que dieron dinero de más en la taquilla, y mi encargado corrió detrás de ellos.

—Hábleme del show de marionetas.

—Pensé que estábamos hablando de niños.

—Pues ahora quiero hablar de marionetas. Tengo entendido que esa presentación es protagonizada por su hijo.

La sonrisa de Roland se apagó, y sus dientes quedaron nuevamente ocultos tras los labios, sutilmente enrojecidos.

—¿Pantin? Ese muchacho no tiene el carisma para el escenario, oficial.

—Pero forma parte de su show de los viernes por la noche. Las personas hablan de sus marionetas gigantes, y de cómo le hace creer al público que su puesta en escena es algo real, y no simples juguetes.

—Eso suena a muy buena publicidad, en realidad —contestó Roland Argent, sonriendo ligeramente de nuevo.

Sacó una pequeña libreta y un mini bolígrafo rojo de la solapa de su traje oscuro, y comenzó a anotar en ella.

—Es lo que dice la gente.

Argent miró por encima de la libreta.

—Interesante, pero incierto —sugirió, y volvió a guardarse la libreta—. Mi hijo no es un hombre del espectáculo, oficial. Fue a la universidad.

El sobre estaba allí desde el comienzo, pero ninguno de los dos hombres había querido incluirlo en la conversación. El oficial de policía sacó la evidencia de él. Cuatro fotos. Dos de ellas eran de los tres hermanos desaparecidos. En la primera, los niños se bañaban en lo que parecía ser una piscina, por lo falso y cristalino del agua. En la segunda salían los tres, con sus hermosas e infantiles sonrisas, vestidos de camisas blancas y lazos ridículos atados al cuello, parados delante de un pendón azul oscuro. El menor de ellos tenía seis años y cachetes redondos y rosados. El cabello, castaño y rizado, le caía en cascada casi hasta los ojos. Al segundo de los hermanos le faltaban los dientes del medio y tenía nariz de pimentón. Seguramente se burlaban mucho de él por eso. Y finalmente, el tercero, era el más delgado y alto de los tres. Los enormes anteojos que le ocupaban casi la mitad de la cara lo hacían lucir como el más frágil.

—¿Entonces?

—No hay forma en que alguien tan cuadrado como él consiga robarse una risa.

Del sobre salieron dos fotos más. En ambas aparecía un joven alto y muy delgado, de cabello rojizo, cara alargada y facciones angulosas. Vestía la misma braga color caqui, con los ruedos recogidos casi hasta la rodilla y los zapatos sucios de tierra. En la primera, posaba junto a la marioneta de un avestruz gigante. La figura medía casi medio metro más que él, y sus ojos permanecían fijos y fríos mirando hacia la cámara. En la segunda, el joven no estaba posando. Salía de espaldas, en lo que parecía ser una plaza, entregando panfletos a un grupo de niños.

—¿Es este su hijo, Monsieur Argent? —preguntó el oficial, poniendo el dedo sobre la cara impresa de Pantin.

—Lo es.

—¿Participa o no su hijo en el show de marionetas?

—En efecto, no. O bueno, sí. Ocasionalmente, pero él no es el protagonista.

—¿Entonces?

—Pantin sólo hace las marionetas, y ellas se encargan del resto —dijo, viéndose las uñas de las manos, perfectamente limadas—. Dígame, oficial, ¿usted nunca ha sentido que el mundo se ha equivocado con los hijos que le mandó?

—¿Por qué lo menciona?

—Porque mi hijo es patético, naturalmente. Un total fracaso —pronunció sin siquiera dudar, una palabra detrás de la otra.

—¿Sabía su hijo que estos tres niños irían a ver su show de marionetas esa noche? —preguntó, poniendo la mano sobre las dos fotos de los hermanos.

—Supongo que sí. Pantin siempre va a la Plaza Principal a repartir folletos, y le gustan los niños. Siempre los invita a ver las marionetas, pero nunca habla con los padres. Y como le dije, los niños no tienen dinero, oficial. Los niños no tienen dinero.

—¿Le dijo su hijo algo en especial a estos niños? ¿Les prometió algo para que fueran?

—No.

—¿Cómo está tan seguro?

—Pantin es mudo.

Ante el silencio del oficial, Argent suspiró. Estaba acostumbrado a esa expresión. La gente, queriendo ocultar las cosas, solía decir mucho más que con la plena intensión.

—Puede preguntarle a quien desee, y le dirá lo mismo. Mi hijo y sus juguetes no son parte de mi circo.

—Pero tiene un show al que estos niños se morían por ir —insistió el oficial de policía—, un show por el que estos niños huyeron de su casa. Por el que aun, seis días después, no han regresado y nadie sabe nada de ellos. La última vez que los vieron fue en la carpa de su circo. Ahora, Monsieur Argent, sea o no parte de su circo, el show de su hijo no es cualquier show.

—Correcto, oficial. Es un magnifico show, en el que las personas le aplauden a sus marionetas, al trabajo de sus ayudantes y a mis músicos. No a él. Y los niños, como le dije, me tienen sin cuidado. Podría secuestrarlos. Podría amordazarlos, mutilarnos, perforarles la espalda, arrancarles el cabello y las uñas y comérmelos, pero eso no me daría dinero. A mi inútil hijo mudo le gustan los niños, y entrega panfletos en una plaza, ¿es ese un problema? Si quiere saber algo de él, puede preguntarle usted mismo, aunque le recuerdo que no es muy buen conversador.

El oficial de policía se apoyó de la mesa, reduciendo la distancia entre Argent y él.

—Se lo preguntaré directamente: ¿cree usted que su hijo, Pantin Argent, tuvo algo que ver con la desaparición de Abel, Vicent y Walter Fleury?

Roland sonrió, y buscó algo en el interior de su traje. Dejó sobre la mesa dos entradas para su espectáculo del viernes por la noche. Habiendo recogido su sombrero de la mesa, se levantó de la silla y salió de la sala. El oficial de policía pudo haberle obligado a regresar, pero ya no tenía más preguntas que hacer.

Dos semanas después, la búsqueda de los Fleury se canceló. Los tres hermanos fueron dados por muertos, y sus padres dejaron el pueblo. En una localidad tan pequeña y aburrida como esa, las huellas borradas de los niños desaparecidos nunca se olvidaron. Con el tiempo, la tragedia se convirtió en tema de conversación para las amas de casa y señoras chismosas, quienes comentaban en las plazas y filas de supermercado acerca del sangriento show de marionetas de Pantin Argent, que ahora contaba con tres nuevos personajes. Tres hermanos. El menor de ellos tenía seis años y cachetes redondos y rosados. Al segundo de los hermanos le faltaban los dientes del medio y tenía nariz de pimentón. Y finalmente, el tercero, era el más delgado y alto de los tres. Los enormes anteojos que le ocupaban casi la mitad de la cara lo hacían lucir como el más frágil.

Secuestrar, amordazar, mutilar y perforar niños no da dinero. Por otro lado, un asesinato a sangre fría, una historia de terror local… eso es excelente publicidad.

Por Iraima Andrade

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