Carpeta Amarilla
Lo tuyo, lo mío. Otro cuento de Carpetamarilla

Lo tuyo, lo mío (Un experimento de redacción)

Junio 26, 2017 por

Acerca de este cuento

Me gusta jugar a inventar cosas, de ahí viene mi pasión por la escritura y el nacimiento de este nuevo cuento: “Lo tuyo, lo mío”. Desde pequeña, siempre fui esa niña rara de la casa que fingía ver cosas donde no las había. Y no por llamar la atención, y no porque estuviese loca, sino porque, ¿y si aquello estuviese ahí? ¿Qué pasaría? De esas jornadas imaginarias monté más de una película, films que quedarán por siempre en mi cabeza (hasta que los olvide), sin ser capaces de alcanzar a nadie más.

Y como me gusta inventar (y escribir), se me ocurrió algo mientras escuchaba una canción de Sia: “We can hurt together”. Si no la conocen, corran a oírla. O pueden reproducirla mientras leen este cuento. Aunque no tratan los mismos temas, ciertamente combinan. Les dejo el video, por sia. 

La canción, así como “Lo tuyo, lo mio”, habla acerca del dolor que puedes causarle a otro, y cómo eres capaz de soportar este sentimiento (y retribuirlo, claro) por esa otra persona. Pero, ¿hasta qué punto alguien más merece sangrar por ti? ¿Hasta qué punto mereces sangrar por alguien más? ¿Hasta qué punto lo harías por ti mismo?

Lo tuyo, lo mio

¿Cuántas veces tienes que herirte? ¿Cuántas serán necesarias antes de que te des —nos demos— cuenta de que ha ido demasiado lejos?

¿Y por qué me lo preguntarías a mí? ¿No son esas tus decisiones?

Si te lo pregunto, es porque yo no tengo la respuesta.

Y yo tampoco.

Entonces, nos quedamos con la duda. Los dos estamos de acuerdo en esa clase de cosas. No hablamos más allá de eso acerca de nuestros problemas. Nos da miedo el poder del debate. Discutir las cosas —no en plan de pelea, sino en plan de verdadero intercambio de ideas— necesariamente nos llevará, algún día, supongo, a encontrar una respuesta.

¿Y quién quiere eso?

Yo no.

Yo tampoco.

Entonces, de verdad, nos quedamos con la duda, y no asumimos que ninguno de los dos es el verdadero. Y seguimos viéndonos en el espejo cada tanto, preguntándonos donde se supone que está la salida. La gente me ve —nos ve— extraño de vez en cuando, y se preguntan cuál es mi —nuestro— problema. De entrada, ya saben que hay un problema.

¿Podrías dejar de ignorar el hecho de que existo?

Nunca he hecho semejante cosa.

Entonces, deja de evitar mencionarme.

No lo hago. Nunca lo he hecho. Siempre he sabido que estás ahí, y no te niego, pero de vez en cuando me molesta que tengas —tengamos, ambos tenemos— esa necesidad de atención.

No me achaques tus dudas.

También son tus dudas.

Cierto. A mí también me asusta. Me asustas.

Tú también me asustas, pero no es como si pudiésemos —¿viste cómo te incluí? Para que dejes de quejarte— hacer algo al respecto. El mundo no lo entiende, jamás lo entendería.

Para ellos no tiene sentido. A veces, para mí tampoco.

Cierto, para mí tampoco, pero hacer como que no existes, negarte tu parte, eso sería injusto. Estás aquí —adentro— tanto como yo. Te pertenezco tanto como tú a mí, pero…

…pero…

aun así…

aun así…

Somos las partes de uno, uno que no estaría completo sin el otro.

Te extrañaría.

No, yo te extrañaría.

¿Me lo juras?

Por mi vida. Y no sé qué haría sin ti, sin el nosotros que somos tú y yo. No sé cómo se vive en un mundo en el que soy sólo yo, o eres sólo tú. Ambos nos merecemos, y los demás nos merecen, pero creo que son más felices cuando no saben que tú y yo somos la misma persona.

Supongo.

Se me ocurre una idea.

Te escucho.

Naturalmente, siempre estás escuchando. No puedes no hacerlo.

Entendiste lo que quise decir.

No tienes que amargarte tanto, solamente quería hacer un chiste.

Ve al punto.

¿Y si nadie se enterara?

¿De qué?

De que somos la misma persona. Podríamos turnarnos. El día para mí, la oficina, la casa, los niños. Y para ti la noche, para que hagas lo que te plazca con ella. Para que devores el mundo, como siempre has querido. Porque, honestamente, yo no quiero eso. Nunca lo voy a querer. No esperes que esté de acuerdo con la forma en que haces las cosas, pero… si tanto lo deseas, y si me dejas tener mi parte también, puedo cederte una parte de lo que ha sido mío todo este tiempo.

Sólo porque eres egoísta.

No, en realidad porque llegué primero, pero no discutiremos acerca de eso otra vez.

No quiero usar tu cara, ni tu horrorosa ropa. No me representa.

Te conseguiremos la tuya propia, y la esconderemos donde nadie pueda verla. Hay un baúl en el sótano que nadie revisa. Podemos guardar todo ahí. De cualquier forma, mi esposa —tuya, sólo tuya, yo no tengo algo como eso— cree que guardo ahí la pornografía. No va a querer revisar. Nunca nadie lo sabrá. Es grande. Podemos comprar lo que te guste. La ropa más bonita, los tacones más caros, y sólo tienes…

No quiero causar más problemas.

Ahora vas a ponerte a decir que causas problemas.

Estoy harta de hacer tu vida miserable.

Mi vida sin ti, eso sería miserable. Acepta, por favor. No me dejes. Te necesito. No sería yo mismo si no estuvieras. Ahora lo entiendo. No me quejaré mientras te maquillas, no me burlaré de la peluca, estaré en silencio mientras bailes, mientras te toquen, no me negaré a nada, sólo para tenerte.

Son muchos sacrificios.

No son menos de los que haces tú por mí.

Te creo.

Sólo dame un poco más, un poco más de tiempo. Sé que una persona no puede ser dos, pero seamos así. Y te prometo, te lo juro, que algún día… uno de los dos va a desaparecer.

Por Iraima Andrade.

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