Carpeta Amarilla
No existe alguien que pueda aceptar un final así

Esto es pura ficción

Junio 9, 2017 por

Había una vez… sí, había una vez. Como empiezan todos los cuentos. Porque esto es pura ficción. Nada de esto es real. Había una vez una tierra de gracia, de inmensos mares y montañas, de bosques frondosos y abundantes en frutos, con grandes cascadas y una sorprendente belleza natural. La gente que nacía allí era afortunada, decían los de tierras vecinas, y tras un viaje o dos se quedaban a vivir allí, donde los residentes les recibían con soberano interés, con muchas preguntas, con gusto por lo exótico. Para aquella gente, toda piedra de afuera brillaba más que cualquier diamante local, aun si éste no era más que una pieza de carbón.

Pese a su buen corazón, e incluso muchas veces de buenas intenciones, la gente de esa tierra de gracia era famosa por tomar malas decisiones. Terribles decisiones. Decisiones que, desde el comienzo, les hicieron caer en un interminable círculo de eventos desafortunados.

Todo comenzó cuando alguien decidió que las cosas debían ser gratis, que todo ser humano tenía derecho a vivir en paz y a que no le faltara nada. En realidad, aquello no parecía una mala idea. Sin embargo, lo que el pueblo de aquella tierra de gracia no sospechaba era que, aunque similares, los conceptos de igualdad y justicia no siempre se llevaban bien. Dejó de importar cuánto te esforzabas o cuanto sabías, porque todos merecían las mismas cosas, los mismos bienes, el mismo pan y queso sobre su mesa. Pero la gente común, la que se esforzaba y salía todos los días a trabajar, no se dio cuenta de ello hasta que comenzó a faltar ese pan y ese queso, porque no alcanzaba para todos. Eso sucede cuando nadie lo produce.

Así como una vaca no da leche a menos que se le alimente, la comida comenzó a faltar, y las personas buscaron otras formas de conseguirla. Aparecieron las largas filas afuera de las tiendas para comprar lo poco que llegaba —que ni siquiera llegaba, en realidad— a los anaqueles. Desaparecieron las medicinas y el jabón, las ofertas de temporada —¡Llévese tres y pague dos! Se aceptan de contado— y las compras por catálogo. Desaparecieron los regalitos importados y los medios de transporte. El papel higiénico, el papel en general; el desodorante, las curitas, el arroz, los pañales, la harina de maíz, las toallas sanitarias, el pan, la leche, la esperanza y parte de la dignidad de la gente también. Comenzaron los trueques injustos, las trampas y las ventas clandestinas. Un pequeño grupo se aprovechó de la necesidad de otros para amasar una gran fortuna.

Como la gente creía que todos merecían lo mismo, hubo quienes decidieron que era justo y soberano —y patriota— ir a quitárselo a otros. Quitarles todo. Porque ellos, seguramente, pueden comprarse uno nuevo, y si ellos lo tienen, todos lo merecen. Y agradece estar vivo, si salías vivo, porque tenías suerte de estarlo. Porque había sido una obra de caridad por parte del atacante no tomar tu vida también.

La gente comenzó a pensar de formas muy extrañas, aplicando lógicas absurdas: si haces lo correcto, estás mal; si dices la verdad, te irá peor; si quieres lograr algo, vas a tener que hacer trampa. No sueñes, no te quejes, no mires hacia los lados, porque las cosas siempre han sido así y no vas a poder venir tú a cambiarlas queriendo ser correcto. Todo se trata de ser el chivo que más mea. Lo único que no podías exigir era una vida mejor.

Pero había quienes así lo querían, y salieron a la calle y alzaron su voz y pidieron respuestas. No más mentiras, no más migajas, no más de esa extraña igualdad en la que algunos merecían todo porque sí y otros no tenían ni la potestad de hacerse llamar pertenecientes a la tierra de gracia. Fueron convocados por un pulgar arriba —que también, como todos, su interés tendría—, pero con el pasar de los días el movimiento se hizo más grande que él. Incluso algunos de los que habían clamado regalos ahora querían justicia, porque de nada les valía tener una casa nueva si no tenían familia con qué llenarla, si todos sus hijos y nietos y sobrinos y abuelos habían muerto en manos de la enfermedad, el hambre y la destrucción.

Al principio fueron unos pocos, pero nadie los escuchó. Las cosas no estaban tan mal entonces, aun cuando las personas comenzaban a enojarse. Ese fuego se apagó, y al tiempo resurgió: más fuerte, más destructivo, más letal… y más brillante, más honesto, más real. Porque quienes habían creado y aplicado inicialmente esa idea de falsa igualdad, ahora gozaban de las mejores villas y castillos, los mejores lujos; porque ahora aquello ganado con el sudor de la frente no valía nada; porque ya la vida tampoco valía nada.

Personas que nunca antes se habían conocido comenzaron a luchar juntas, clamar juntas, cantar juntas. Las calles se llenaron de himnos y de humo, de gritos y de esperanza. De sangre, y de una extraña necesidad incesante de lucha. Porque no querían retroceder, no en ese momento, cuando aquella falsa igualdad finalmente comenzaba a tambalearse.

Pero aun cuando los que salían eran muchos, unos pocos se mantenían fieles a su viejo sistema, a su falsa igualdad, porque no conocían nada mejor. Porque siempre habían sido pobres, y al menos ahora podían comer, tenían donde dormir. Entonces, no les parecía que las cosas estuviesen mal, porque, así como los ricos no vieron cuanto ellos sufrían en el pasado, ellos tenían derecho a hacerse la vista gorda del sufrimiento de ellos ahora. Pero, en el fondo, a los fieles también les dolía, porque poco a poco los regalos eran menos, y las necesidades eran más. Porque un puño de arroz no quita el hambre de cinco, y cinco minutos de agua al día no da para que todos se bañen.

Los que comían de ese sistema tampoco podían hacer otra cosa sino defenderlo. Habían hecho tantas cosas malas en todo el mundo que no tenían otro lugar a donde ir. Los odiaban, los repudiaban, y si ponían un pie fuera de su proyecto de tierra revolucionaria, significaría el comienzo del fin. Y como siempre, había quienes preferían mantenerse al margen, porque es mejor si no te metes en eso, porque ya hay suficiente gente en las calles haciendo lo suyo. Ese grupo en especial, casi sin excepción, era el que más se quejaba de los problemas.

Hubo muertos, una larga lista de nombres que nadie recuerda completa, que sirvieron para echar leña al fuego del conflicto. Hubo enfrentamientos, más sangre y la fuerza del pueblo fue puesta al servicio de la destrucción del mismo. La falsa igualdad puso a los hijos de la misma tierra a dispararse unos contra otros. Y lo peor: los hizo odiarse, desearse la muerte, que se olvidaran de que el otro siente y sufre y tiene familia. Se dibujó la línea entre los buenos y los malos, pero nadie estaba seguro de quién era quien. La gente comenzó a actuar desde la rabia, el hambre y la frustración.

Y pese al odio, pese a la incertidumbre, pese a que muchas personas fueron silenciadas por las balas —y las amenazas, y los chantajes— de la falsa igualdad, la gente de aquella tierra de gracia no dejó de gritar. No dejó de creer que sí existía algo mejor. No dejó de cantar, ni de pintar, ni de hacer música, ni de recitar lo que su corazón pedía: justicia.

La lucha siguió, siguió por más de setenta días y setenta noches. Siguió en las más grandes ciudades, en los pueblitos, en las plazas, en los puentes, en los parques y en las escuelas. El humo hizo llorar a más de uno, y la rabia se llevó la vida de muchos más de los que quedaron registrados en los números oficiales. Pero la lucha siguió un poco más.

Entonces, se preguntarán, ¿qué pasó con ese pueblo? Que moría de hambre, de miedo, de impotencia, de tristeza, ¿qué paso con los indolentes y los consternados? Los altruistas y los crueles, los ciegos. Los que apenas pueden ver, pero que no saben si todo eso es real. Los que ven más allá, y se imaginan cosas. Los que no se imaginan nada. ¿Qué pasó con los gladiadores? ¿Con los que salieron a exigir algo mejor? ¿Con los que nunca quisieron ser héroes de guerra ni morir por la causa? ¿Qué pasó con los que ni siquiera creían en la causa?

Nada, no pasó nada. Con el tiempo, la gente se cansó y volvió a sus casas, a sus trabajos, a sus vidas normales. La llama se apagó, y todo volvió a ser —tan terrible— como antes. Por eso es ficción. Porque no hay quien pueda vivir así, y se olvide de los muertos, de la rabia y del hambre. No existe una persona que, por más cansada que esté, permita que las cosas sigan siempre igual. No hay, y no habrá nunca un final como ese. El único desenlace permitido a estas alturas del partido, cuando se ha perdido y ganado tanto a la vez, es el cambio.

Por Iraima Andrade.

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