Carpeta Amarilla

Carrera: “Uno se va poniendo viejo y empieza a ver las cosas distintas”

Abril 23, 2017 por

NOTA PREVIA: Este acercamiento a la semblanza fue mi entrevista final para la cátedra de Periodismo II, con la Prof. Ysabel Viloria. Tremendo dolor de cabeza, pero el personaje valió cada taza de café que me tomé. Y sólo para que sepan… ¡odio el café! Sí, esta entrevista fue hace poco menos de un año, pero no hasta ahora no me había sentido cómoda con publicarla. Aún le falta, y bastante, pero creo que ya se merece salir a la luz.

Es viernes, casi mediodía, y Hernán Carrera ya encendió un cigarro. No es ni cerca el primero, pero contarlos sería agotador. Siempre usa la misma chaqueta de blue jean, pero la camisa blanca debajo es opcional. Porque cuando no es la chaqueta, es la camisa de manga larga y botones, con los puños hechos a las carreras o arremangados sin cuidado hasta los codos. Así se ve Hernán Carrera cuando camina entre los pasillos de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela (ECS-UCV), así se ve mientras fuma otro cigarro —o muchos— a las puertas del Edificio Forum de El Rosal, sede de la Editorial Contrapunto de Venezuela C.A., a eso de las cuatro de la tarde. Así lo ve la gente, torso y nada más, porque pantalón y zapatos son lo de menos; la mirada no se queda lo suficiente sobre él como para detallar esas cosas. La mente se conforma con los indicios: cabello canoso entre blanco y gris, ojos hundidos tras los cristales de una montura delgada y clásica, la espalda ligeramente curveada, el libro bajo el brazo. Otro señor intelectual de la ciudad de Caracas.

Su porte, así de inusual como es, poco resalta. Hernán Carrera tiene más de seis años dictando clases de Castellano II en la ECS-UCV y, aun así, gran parte de los estudiantes que llegan a ocupar un pupitre frente a su escritorio inscriben la materia con él sin tener idea de quién es.

Las canas no son gratis, y tampoco han estado ahí toda la vida. Hernán Carrera creció con las consecuencias de un padre comunista, Jerónimo Carrera, perseguido por su orientación política durante la dictadura de Pérez Jiménez. “Lo veía muy poco. Luego vino la democracia, nuevamente una lucha armada; mi viejo siguió siendo perseguido”, comenta.

Sus compañeros desde temprana edad fueron los libros. Mientras otros niños jugaban a la pelota, él creó vínculos fuertes con Julio Bernés, los cuentos de los hermanos Grimm y especialmente con una novela que, considera, lo marcó desde el primer momento: Venezuela Heroica.

Hernan Carrera, para Carpeta Amarilla

Todas esas historias lo ayudaron a escribir la suya propia. Durante su juventud participó en movimientos estudiantiles y se mantuvo activo en la vida política. ¿Era eso lo que sus padres deseaban para él? A ellos sólo les interesaba que fuese honesto y, de ser posible, bueno en lo que sea que se dedicara a hacer. Una vez graduado del bachillerato comenzaron los viajes.

Tan pronto como Hernán Carrera se colgó la mochila al hombro, le costó mucho soltarla. “Creo que debería ser obligatorio para todos los seres humanos pasar por una etapa así, para aprender que hay mucho más allá de lo que uno es”. Sus pies pisaron gran parte de Europa y aprendió varios idiomas que después olvidó por desuso. Pese a ello persiste su interés, y con la ayuda de Google Translate aún trata de mantener conversaciones en japonés con algunos de sus estudiantes.

La mirada de Hernán se pierde en algún lugar, ningún lugar, al mencionar Praga. “Es, quizá, la ciudad más hermosa donde he vivido”. Por un momento siente que las canas se le llenan de color otra vez, que su cara se hace tersa, que es más robusto. Se siente tan hippie y feliz como en aquellos días. “A esta edad, uno ya piensa que no puede cambiar ni su propia casa. Pero hay mucho de eso que aún sigue. Al fin al cabo, sigo siendo un hippie. Con menos cabello, eso sí”.

Hernán solía ser hippie y con más cabello

Que muy poca gente sepa acerca de estas historias es del todo intencional. “Vengo de una generación anterior a las redes sociales. Nadie andaba divulgando sus cosas. Además, también está aquella dinámica de padre perseguido”, admite, en medio de una risa nerviosa. Así que, para bien o para mal, la gente no sabe qué esperar de Hernán Carrera hasta conocerlo personalmente. Les toca arriesgarse, y no hay mejor forma de aproximarse que a través de sus clases.

“A Hernán Carrera no le gustan los halagos, le generan desconfianza”, afirma José Alejandro Landaeta, estudiante de séptimo semestre de la ECS. Pese a esto, cuenta con un pequeño grupo de admiradores discretos. En el aula, el hombre que recorre los pasillos de forma casi invisible, cobra color. A través de lecturas, correos divertidos y prácticas inusuales, se muestra ante sus estudiantes de una forma íntima y a la vez impersonal. Comparte sus lecturas como aquel niño que ofrece un trozo de su galleta favorita, con la esperanza de encontrar el interés recíproco. Invita al estudiante a realizar un viaje de autodescubrimiento. “Le gusta que escribas según tu estilo”, comenta Khevin Fagundez, estudiante de quinto semestre de la ECS-UCV.

Tanto la producción narrativa de Hernán Carrera como el enfoque de sus clases está dirigido a reducir el hecho de contar a su mínima expresión, para darle vida a los personajes de esa narración. Además, suele ser flexible con la pauta cuando tiene frente a él una buena historia. “Yo doy clases de narrativa, no de periodismo. Mi interés central es la narración. Si la narración es buena, a pesar de que no es exactamente lo que yo pedí, es totalmente válido”.

Parte de su método alternativo nace de la forma en cómo se acercó al periodismo por primera vez: una cuestión de azar. Uno de sus colegas de la Agencia Venezolana de Noticias (AVP) se retiraba como profesor de la ECS, y necesitaban un reemplazo. Pese a que no había estudiado la carrera —tan sólo un par de semestres antes de cambiarse a Letras—, recibió el apoyo de importantes tutores como Federico Álvarez y Olga Dragnic.

Debutó como periodista en la década de los años 70 en el periódico Tribuna Popular, publicando por periodos de frecuencia. Sin embargo, fue en 1986 cuando lo contrataron como personal fijo a dedicación exclusiva. “Fue mi gran escuela de periodismo, confrontado con la práctica. Había que ir haciendo y aprendiendo cómo se hacía”, afirma, con una ligera curvatura en sus labios. Es la clase de sonrisa que produce un buen recuerdo.

Su característica cualidad de meticuloso lo llevó a ganarse el respeto —y tal vez, un poco del miedo— de muchos colegas. “En la Agencia Venezolana de Noticias le tenían pánico; Hernán tenía una oficina, y cuando aparecía en la redacción se levantaba un murmullo. Los periodistas empezaban a decir: ajá, hoy llora alguien”, cuenta José Roberto Duque, cronista y colega de Carrera.

Miedo a Carrera en la sala de Redacción

Al recordar la década de los 90, una de las épocas más duras en su carrera como periodista, Hernán endereza su espalda por primera vez. La imagen de días no tan gratos le hacen fruncir el ceño. De paso, su cigarro está por terminarse. “Sí hice muchas amistades valiosas en el Nacional, pero nunca me sentí cómodo trabajando allí”, admite, dirigiendo la mirada al suelo. “No es un lugar del que me sienta feliz de haber estado, salvo por la gente y el aprendizaje”.

Prefiere hablar de libros, entonces, que son su adoración. Según Juan Sebastián Carrera, su segundo hijo más joven, “lo que más hace es leer, siempre se la pasa con un libro”. Y es cierto, los ojos le brillan cuando menciona a sus autores favoritos. Le cuesta escoger a uno sólo, pero se inclina por Koetz y Albert Camp. También tiene otros intereses: el cine, por ejemplo. “Si yo pudiese volver a empezar, no dudaría en tomar ese camino. El cine puede aprovecharse de muchas formas distintas”, confiesa, con una sonrisa inocente. También le gusta la música, pero se hace llamar a sí mismo sordo. “No puedo hacer más que escucharla”.

Pero fue la música lo que lo unió a su primera esposa, y sigue siendo la música una de las cosas que lo conecta con su pasado… aun si ese no es su tema favorito de conversación. Su labio inferior comienza a temblar al hablar de sus dos matrimonios. De sus esposas, pocos detalles. Lo que quiere realmente es hablar de sus hijos: de su primer matrimonio, tres hijos hermosos; del segundo, otros dos. “Mi papá nunca fue un hombre que hiciera deporte, no disfrutaba la actividad física; pero era él quien siempre se ponía a jugar conmigo y mis hermanos”, señala Juan Sebastián Carrera, disfrutando cada palabra. De sus cinco hijos, Hernán Carrera dice haber aprendido mucho y, al mismo tiempo, se divierte al pensar las cosas que ellos heredaron de él. La terquedad, por ejemplo.

Pero el tiempo ha pasado, y sus hijos ya no son los mismos niños que recuerdan a su padre desde siempre con canas. Jugar a la pelota ya no es algo que se pueda hacer con la misma facilidad de antes, pero el tiempo compartido persiste. Una charla amena, de cualquier cosa, lo que sea, es ahora una de las cosas que Hernán comparte con su descendencia. El tema más común: como no, libros.

Y aunque la vida le ha ido quitando cosas y dándole otras en recompensa, no puede evitar sentirse viejo. No puede evitar la nostalgia y el recuerdo, pero visto desde el lado optimista de todo este asunto de envejecer. Aún si las cosas cambian, aún si ya no tiene las fuerzas que antes tenía para jugar pelota con sus hijos, bajo toda esa barba y cabello blanco… siempre quedará algo de ese muchacho hippie, aventurero y feliz.

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