Carpeta Amarilla
Cuento Déjala Caer

Déjala caer

Abril 15, 2017 por

—La gente está harta de sufrir, pero sigue sufriendo —dijo la niña, apretando el tallo de una rosa—, ¿no te parece?

Todos la recuerdan porque usaba un escandaloso vestido amarillo y zapatos azules. Ah, y el cabello rojo. Ninguno de los presentes olvida su cabello rojo. Ninguno de ellos olvida jamás el color rojo al contar la historia.

—¿Por qué la gente se haría algo así? —preguntó de nuevo.

Nadie le respondió. Las personas a su alrededor no eran más que una mancha negra detrás de un punto amarillo.

—¿Por qué alguien querría sufrir?

Poco a poco, las largas y puntiagudas espinas de la rosa se enterraron en las manos pequeñas y regordetas de la niña. Como gritando por ayuda. Como pidiendo clemencia.

—¿No sería mejor sólo dejarlo ir?

La multitud permaneció en silencio. Nadie le miraba la cara, y se concentraba en las pesadas gotas rojas que se deslizaban entre los dedos de la niña y manchaban su vestido amarillo. Las manos, tenaces. Su cara, roja de tanto (o tonta) llorar.

—¿No sería mejor rendirse?

La sangre le alcanzó los zapatos, y la mezcla de los colores dio origen a un verde desagradable.

—¿Qué podría hacer yo para remediarlo?

Entonces se vio las manos y el tallo de la rosa, ambos manchados de sangre.

Pobrecita.

Sintió su corazón encogerse en lo profundo de su pecho, ¿cómo pudo lastimar a esa rosa, su amada rosa, de ese modo? ¿Cómo podría perdonárselo a ella misma? La miró un poco más, sólo una vez más, para recordarla toda la vida. Con sangre, y sin ella. En plena primavera y, como ahora, a punto de marchitarse. Negra y teñida.

Decidió, por el bien de la rosa, dejarla ir.

Se acercó a la zanja, y la arrojó allí. Sólo entonces comenzaron a echar la tierra sobre el ataud. Y luego cemento. Y más tierra. Y después de eso ya no hubo un agujero. No hubo una rosa. El entierro terminó, y la gente comenzó a abandonar el campo santo.

La niña se miró las manos, sucias, llenas de sangre, y se sintió culpable. ¿Quién lastimaría tanto una rosa, hasta el punto hacerla sangrar?

Por Iraima Andrade.

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