Carpeta Amarilla

Cómplices, ¿no?

Junio 14, 2016 por

Prometo no decir tu nombre. Porque esta es una carta de anónimo a anónimo, porque si dijera tu nombre y mi nombre ambos estaríamos en problemas. Mencionarnos a ambos en la misma oración necesariamente va condicionado, pero aún así se que yo soy yo y tú sabes que a ti me dirijo, ¿no es así? ¿No es verdad? No lo se, eso supongo, en aquellos días pensé que estaba de más comprobar con palabras lo que ese gesto con las cejas y tu media sonrisa me decía.

He dormido mal los últimos meses. Es que veo en mis sueños tu rostro y me asusta, me asusta como poco a poco se me ha olvidado el color de tus ojos, ¿eran café o verde oscuro? ¿Tu cabello era suave o áspero? Aunque sé que eso no se me olvidó. La verdad es que nunca pude tocarlo. Nunca supe si tus manos eran grandes o delgadas, si un beso tuyo era tal cual como lo había imaginado. Muchas hubiese bastado con estirar un poco mi brazo para alcanzarte, pero me dio tanto miedo que apartaras mi mano que preferí conservar todas las dudas para mi almohada. Para el resto de mi vida.

Pero como te venía diciendo, desde hace tiempo te sueño y no se porqué. Hace siglos que no te veo, que no escucho tu voz. Pensaba que alejarme me curaría, que era tu aroma el que me mareaba, tus bromas sin gracia las que me hacían sentir estúpida por pensar que era gracioso, tu voz hablándome bajo desde tan cerca la que me hacía perder el control. Pero por alguna razón sigo añorándote, y ahora mucho más que antes porque se que es imposible —o improbable— volverte a ver. Me pregunto por qué ese día que me dijiste que me querías pensé que era una broma, por qué ese día que estuviste tan cerca de mí no me atreví a besarte, por qué ese día que te me insinuaste quise hacerme la que no había entendido. Porque si te me insinuaste, ¿verdad? Dime que no fueron ideas mías, porque no estoy de humor para sentirme una idiota.

Siempre la gente presumió de mi inteligencia y yo de entender los sentimientos de otras personas, pero nunca entendí los míos y mucho menos los tuyos. Se que en ocasiones parecía que te temía, que te esquivaba, que te ignoraba o que me eras indiferente. Se que pensaste que te ayudaba como ayudaría a cualquier otro porque para ti que era una buena persona, ¡pero cuánto te equivocas! Porque sabiendo lo que sentías por mí —asumiendo que lo sabía— y sabiendo lo que sentía por ti armé una muralla entre nosotros y me embarqué en el primer avión que me llevara lejos de ti.

Es que me dolía mucho. Al principio verte de lejos me bastaba, hasta que empezaste a mirarme de vuelta y entonces sólo eso no fue suficiente; luego me dije a mi misma que hablar contigo ocasionalmente me hacía feliz, pero pronto eso también fue muy poco. Mi sentimiento crecía rápido y egoísta, ¿te sucedió lo mismo? ¿Tú también querías más de mí? Lo siento, y debiste sentirlo tú igual, porque un romance es cosa de dos y se supone que el hombre debía dar el primer paso. No te preocupes, no estoy enojada contigo por eso. Sabía que el cortejo había pasado de moda y que tú tampoco eras demasiado masculino. Pero siempre hubo algo que quise saber: ¿te avergonzabas de que te viesen conmigo? ¿O les decías a los otros que me usabas? Pues a mí si me avergonzaba que me viesen contigo, y si les decía a los otros que sólo acumulaba cuotas para ir al cielo. ¿Ves? Te dije que te equivocabas al pensar que era una buena persona.

Ahora somos muy distintos de antes, hemos cambiado lo suficiente para decir que maduramos lo justo. Yo cambié a mi manera y me han dicho que tú ahora te peinas diferente. Dicen que la edad te sienta. Quisiera saber que pensarías de mí si me vieras, si creerías que estoy mejor o llegarías más allá de toda la ropa y el maquillaje. Me pregunto si te darías cuenta de que sigo siendo la misma persona.

Siempre me pareciste un tímido pavo real y pienso que en el fondo sigues igual. A veces mis conocidos mencionan tu nombre y mi mandíbula se tensa; pregunto por todos excepto por ti porque prefiero las viejas heridas así, cicatrizadas, pero por dentro estoy pensando que lo que hiciste o dijiste es exactamente lo que hubieses dicho o hecho tiempo atrás. Y no puedo evitar sonreír levemente, en secreto. Tal vez no hayamos madurado tanto como yo pensaba.

Aún estoy esperando a que nuestros vínculos se rompan y que los conocidos de nuestros conocidos dejen de mencionarnos. De ser así, tal vez algún día pueda decir tu nombre y preguntar, ¿Recuerdas el mío?

Iraima Valentina Andrade

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