Carpeta Amarilla

Nuestra propia idea de felicidad

Mayo 9, 2016 por

Hoy no te di un regalo, aunque pensé en ello toda la semana.

Observé las vitrinas de los locales frente a los que pasaba, y admiré todas las cosas que seguramente te hubiesen gustado. Vi un collar muy lindo, encontré los zapatos que necesitabas y pregunté el precio de ese reloj que se te perdió hace unas semanas. No podía pagar ninguna de esas cosas. Ninguna. Por eso me preocupé cuando dijiste que me visitarías para este “Día de las Madres”. Quería que fuese especial, llenarte de flores, ¡hacerte la persona más feliz que haya existido! Porque te lo merecías, cada una de esas cosas, porque los últimos meses habían estado llenos de pura mierda y momentos difíciles.

No podía imaginarme un domingo que no fuese suficiente, que no estuviese lleno de rosas y lujos, porque a él no le hubiese gustado que nunca te faltara nada. Y no sé por qué, pero a veces pensaba en que ahora eras mi responsabilidad, porque mi hermana y yo éramos lo más parecido a mi papá que te quedaba. Entonces sentí pánico, porque cada vez que te veía me daba cuenta de que poco a poco se acercaba ese momento en la vida en que debes proteger a alguien que cuidó de ti durante tanto tiempo, y no creía sentirme preparada.

Me hubiese gustado tener millones de millones para darte la vida que mereces.

Te lo había dicho constantemente, y siempre te reías. Creías que era una broma, pero no sabías lo mucho que me dolía cada vez que estabas desesperada, que no sabías que hacer, y que yo no podía ayudarte. Hubiese querido aliviar todas tus cargas, aligerar el peso de tus hombros, robarme tus preocupaciones y encerrarlas en una cajita dentro de mi pecho, para que nunca nada volviese a herirte jamás. Pero no tenía la fortaleza, no tenía los recursos, no tenía nada.

Pensé eso. Pensaba todas esas cosas. Y cuando finalmente llegaste, te di lo único que podía darte. Un fuerte abrazo. Uno largo, que salió del corazón, como alguien muy importante solía decir: sin que me lo pidieras. No tenía nada más. Era tan poco. Tan insignificante. Pero no me soltaste. No me soltaste, mamá, y yo tampoco quise que ese momento acabara.

—Esto era lo que me hacía falta —dijiste.

Entonces lo entendí, aunque me llevó algo de tiempo aceptarlo. Que lo mucho que duraba ese abrazo era nuestra propia idea de felicidad.

Iraima Valentina Andrade

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