Carpeta Amarilla

Quiero ser honesta

Abril 23, 2016 por

Me da la impresión de que está molesto, y francamente no sé qué hacer con eso. Me da la impresión, sí, pero yo podría estar equivocada. Porque vivo pensando en que me da la impresión, pero nunca tomo en cuenta que tengo la impresión distorsionada. Suelo ver cosas donde no están, ¿debería preocuparme eso?

Debería, pero no lo hace. Me divierte demasiado. Ver un poco más de lo que debería suele hacer todo mucho más interesante, pero no me gusta meter a nadie dentro de mis delirios. Eso sí es peligroso. Se rompen cosas, como corazones, entonces.

Pero me da la impresión de que no quiere verme a la cara, y ¡por Dios! Se supone que somos amigos, sí, y yo tengo muy pocos amigos para perder uno porque me da la impresión que pasa algo. Y podría preguntarle, ¿podría? Sería cuestión de intentarlo, porque me cuesta tanto admitir que imagino cosas en voz alta que a veces creo que tengo miedo. ¿Miedo? Sí. Miedo de confirmar que estoy en lo correcto o en todo caso confirmar que puedo ver fantasmas, si está bien que los llame así.

Una amiga me dijo una vez que, por favor, le hablara de estas cosas cuando me pasaran. Porque eres muy callada. Eso dijo. Porque eres una muda despreciable. Eso no lo dijo, pero yo lo escuché y no se lo conté, ¿esas eran las cosas de las que quería hablar cuando me pasaran? Tenía que habérselo dicho, creo que sí, y entonces quizá no hubiese acabado así, con esta idea de que me da la impresión. Tendría la certeza.

Pero no se lo dije. No le dije nada a ella, ni a nadie, y eventualmente comencé a contarle mis problemas a mis delirios. Ellos no me delatarían con nadie, ¿verdad? Siempre puedo confiar en ellos. No le dirán a nadie que veo cosas, y que de paso hablo con ellas. No le dirán a nadie, porque nadie puede verlos, ¿ahora entiende que no confío en los demás? Porque si lo hiciera fácilmente se disiparían las impresiones con una pregunta: ¿está eso ahí? ¿Dijiste lo que yo escuché? ¿Hiciste ese gesto extraño, como una mirada dulce, cuando nos miramos a los ojos?

Porque allí comenzó todo. Con una mirada. Con una noche. Aun cuando ya hacía mucho tiempo que nos conocíamos. Me aterró que supiera todo de mí, y más cuando comenzó a darme la impresión de que estaba molesto. Seguro escuchaba las voces en mi cabeza, seguro sabía lo que estaba pensando en ese momento, cuando me miró y sonrió. Puede que se estuviese burlando de mí, o seguro era una mueca de incomodidad que confundí con una sonrisa. Seguro le dio asco. Asco. Eso es lo que los mudos despreciables generan en los demás. Eso, y una sensación incómoda, como cuando te recorre un hielo por la espalda.

Así que por eso lo hice, doctor. Creo que está molesto por esa razón. Y ahora me dedico a mirarlo todos los días, esperando. Y no sonríe. No hace nada. Estaba esperando a que reaccione, a que me quiera, a que me odie, pero su expresión era siempre la misma. Congelada. Literalmente. Estoy preocupada por eso, y por otras cosas. Por eso vine a verlo, doctor.

¿Que me explique mejor? Pues en mi casa se fue la luz, y mi nevera se quemó. Me deshice de lo demás, doctor, pero me quedé con la cabeza. Sigo esperando que reaccione, ¡pero no ponga esa cara! Ya veo que a usted también le preocupa. Pero creo que he hecho algunos avances. He hablado un poco con él, y aunque huele mal, creo que su expresión se está derritiendo, se está cayendo. Pieza por pieza. Trozo por trozo. Entonces podrá sonreírme de nuevo, y me dirá que está bien. Que no ha visto nada. Que no está molesto.

Una vez que lo haga, lo dejaré ir.

Iraima Valentina Andrade

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