Carpeta Amarilla

Le falta valor

Marzo 29, 2016 por

Esa despensa parecía más bien un maletín de primeros auxilios: abiertas sus puertitas de par en par, dejaban ver vendas. Cuatro rollos sin empezar; del otro sólo quedaba el envoltorio, un papel transparente y hecho jirones. Tres inyectadoras, cuatro tapitas. Una de ellas estaba sola, y no protegía la punta de ninguna aguja. Frascos de pastillas vacías. Una navaja ensangrentada, con bordes —sin filo— sucios. Y dispersas por todo el baño, bolitas de algodón se movían por acción del viento: en el suelo, sobre el lavamanos, junto a esa jabonera en forma de corazón; algunas bolitas estaban mojadas, otras del todo secas, pero todas manchadas del mismo color naranja opaco. El espejo, guindado un poco más arriba del lavamanos, sudaba. De la regadera el agua brotaba tan fuerte y emanando tanto vapor que había subido la temperatura de la habitación varios grados por encima de lo normal. El agua de la bañera estaba a punto de desbordarse y alcanzar ese secador de cabello encendido, que hacía un ruido casi tan fuerte como el del mismo viento que entraba por la ventana. Pastillas, bolitas azules y cubiertas de algo pegajoso y transparente, hacían una montañita rara en el lavamanos.

Y gotas de sangre. Muchas. Gruesas. Marcaban un círculo siniestro dentro del cual, en posición fetal, lloraba una muchacha joven y de cabello corto. Con la mano derecha sostenía una aguja, y la izquierda estaba envuelta desde el codo en vendas improvisadas que goteaban el temido líquido rojo. La piel blanca de su brazo derecho tenía las mismas manchas naranja que las bolitas del algodón, mas no se veía ninguna otra herida o magulladura. Sólo lloraba. Fuertemente. Temblando. Con un chorro de baba corriéndole por el borde de la boca. Apretando con fuerza esa inyectadora perfectamente limpia entre sus manos.

Iraima Valentina Andrade

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