Carpeta Amarilla

Mi abuela y Teresa

Marzo 8, 2016 por

De lunes a sábado, a las dos de la tarde el mundo entero se detiene. O bueno, el mundo entero de mujeres de mediana edad y ancianas se detiene. O el de la oficinista que sale a almorzar tarde. O el de cualquiera que, por casualidad, un día prendió el televisor a esa hora y se quedó enganchado con la trágica (¿trágica?) historia.

Los pasos de las chancletas de plástico, después de andar por ahí deambulando toda la mañana, por fin paran en un solo lugar: el borde de la cama de mi abuela. A las dos de la tarde podría llegar papel toilet al Central Madeirense, explotar un microondas o entrar Diosdado Cabellos volando por la ventana, y daría igual. El resultado sería el mismo. Porque a las dos, puntualmente a esa hora, Teresa se adueña de la pantalla de Venevisión. Y si hay algo que es sagrado para una viejita es el culebrón de mediodía, sólo superado por los de las nueve de la noche y La Rosa de Guadalupe.

“Esa mujer fue mi amiga, maldita sea aquel día…” canta una voz femenina, y entonces comienza el show. Ya mi abuela está frunciendo el ceño, como quien prueba una cucharada de algo amargo. Y adictivo. Teresa es una mujer hermosa, con el cabello negro y unos ojos claros preciosos. Esa mujer es una prostituta. Así le dice. Pero la he escuchado decirle desde muergana hasta perra desgraciada cuando cree que no la estoy viendo. Sin embargo, cuando Teresa habla, mi abuela guarda silencio. Observa atentamente cada uno de los movimientos de sus labios, y de cuando en cuando le grita a cualquiera de los hombres que estén con ella que no sea imbécil, porque esa mujer es una zorra. Siempre la trata de esa mujer.

Teresa conquista a todos los hombres ricos de la novela porque busca tener la vida que siempre soñó: quiere ser millonaria. Se casó con uno de sus profesores de la universidad, un abogado ricachón, dejando a un lado al amor de toda su vida. Cambió su corazón por dinero. Porque entre ser y no ser, ella es. Querrá decir que es una prostituta. Así dice mi abuela. Y sé porque le guarda tanto rencor.

A ella no le importa que Mariano no pueda olvidar a Teresa y quedarse con Aurora, a ella no le importa que esa mujer engañe a su marido con su mejor amigo, que obtuvo tremenda herencia de su difunto padrastro. Mi abuela odia a Teresa porque sabe que ella existe, y ha visto varias de ellas a lo largo de toda su vida. Porque existe algo llamado amor verdadero, y no siempre es feliz. Puede que el sentimiento sea eterno, pero no las circunstancias. La prueba es su propia soledad. La prueba es que su marido —porque sigue siendo su marido, aun cuando estén divorciados desde hace más de diez años— descansa varios metros bajo tierra y no dormido a su lado, mientras ella ve la novela.

Y esas mujeres, como Teresa, saben cómo jugar sus cartas para acabar con todo.

Iraima Valentina Andrade

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