Carpeta Amarilla

Primavera congelada

Enero 23, 2016 por

Una vez alguien dijo que el invierno es para encontrar una pequeña fuente de calor en el corazón, para que éste florezca hermoso y bestial en la primavera. Que por eso era que de repente el mundo lucía más claro, más brillante, y nos hacía pensar en lo maravilloso que son las cosas nuevas. Me aferré a ese recuerdo, a esas palabras, porque creía en lo efímero de la felicidad y la tristeza, y acabé pagando el precio por dejarle a la esperanza hacer todo el trabajo que me correspondía.

El sol brillaba intensamente afuera, podía ver sus rayos filtrarse por las rendijas de la persiana, y el fresco olor de las flores recién cortadas contaminaba el aire de mi habitación. La primavera había llegado, y mi corazón seguía congelado del frío. Arrastré mis pies fuera de la cama, me calcé las pantuflas y me subí el pantalón del pijama, que seguía bajándose a cada rato porque en las últimas semanas había perdido mucho peso. Mi cabello estaba hecho un desastre, o al menos el que seguía pegado a mi cabeza. El resto vagaba por ahí, por el suelo de la casa, enredado en las hebras de mi cepillo, en la funda de mi almohada o pegado a mi ropa. Me miré en el espejo del baño: otro día, otra cana, otra arruga. Al tiempo le gustaba jugar con mi cuerpo a su antojo, retrasando mis reacciones pero adelantando el mundo a mi alrededor. Ya era primavera, por Dios, ya era primavera. Mis labios estaban agrietados, y mis ojos hinchados de tantas noches insomnio. Yo misma era mugre, tenía las uñas y la cara tan sucia que curtía las camisas del pijama, y aunque no me importaba en lo más mínimo estar limpia de nuevo —no me lo merecía—, sentía asco de mi propio reflejo.

Alguien dijo una vez, además, que el oficio de la medicina limpia tu alma. También me lo creí, y le dediqué mi vida entera a cuidar de los demás para acumular cupones y una especie de suerte celestial y divina. Pero no es que fuese muy altruista ni nada por el estilo, al contrario, siempre fui la persona más patética y calculadora. Cada vez que salvaba la vida de alguien en el quirófano, al mirarme al espejo me sentía más hermosa, más buena, más digna del cielo. Mi belleza espiritual se volvió una droga. Creí que me lo estaba ganando, mi entrada al paraíso, y era cuestión de tiempo antes que Dios me dijese “Ya basta. Puedes ir en paz a disfrutar lo que queda de tu vida sin temor al purgatorio”. Empecé a sentirme digna, poderosa, capaz de darle a cualquiera, sin importar su condición, un futuro longevo y saludable.

Me serví una taza de café negro, sin azúcar, y me senté sola en la mesa. Frente a mí había una cesta de fruta fresca con una nota: “Come algo”. Que coma algo, decían, pero yo sólo pensaba en comerme la cesta. Sí, un castigo. “Un castigo es lo que necesito” pensé, y fui a por un cuchillo en la cocina, para rebanar la cesta de paja y hacerla pasar a fuerza de pura autodestructiva demencia por mi garganta. Pero eso sería estúpido, me corregí, y volví a colocar el cuchillo en la gaveta.

“Quiero volver a tener esperanza” murmuré, y me senté en el sofá de la sala. Tenía la vista perfecta hacia la ventana principal, que me mostraba el hermoso patio delantero de la casa. Todo estaba muy verde, y blanco, y rosa, y amarillo. Los colores de todo se mostraban tan vivos que parecían una foto con la saturación alta. Es que es primavera, ya es primavera, y mi corazón sigue congelado. Se congeló en ese momento, cuando el de esa pequeña niña dejó de latir, y todo por mi culpa. Ella podría estar ahora jugando entre las flores como las del jardín de mi casa, montando un columpio, volviendo a encontrarse con sus amigos de la escuela, pero yo me encargué que su última estación fuese el frío invierno de la decadencia de su cuerpo. Porque ella era asombrosa, era como el sol que estaba viendo a través de la ventana, enorme y brillante. Se reía con tantas ganas que su madre se preocupaba cuando le daba taquicardia, cuando esa aterradora punzada en el pecho aparecía, y por eso pidió mi ayuda. Entonces vine, tan altruista y mágica como sólo yo me creía, y le prometí cosas que no podía cumplir con tan sólo unos cuantos procesos quirúrgicos.

Conocer a esa niña el invierno pasado cambió mi vida. Fue ella la que dijo que el invierno es para encontrar una pequeña fuente de calor en el corazón, para que éste florezca en la primavera. Ella me hizo pensar que yo podía florecer también, y que en mis hábiles manos, ella también lo haría pronto. Me subía el ego cada vez que me decía que era muy lista, muy hermosa, y que cuando fuese grande quería ser doctora también; yo le destrozaba el cuerpo una vez tras otra, como muestra de mi gratitud, y le vendí la salud en un trasplante, en vista de que no aguantaría mucho más por sí misma. Pero fui torpe, me confié demasiado de la supuesta bendición divina que me había ganado a punta de buenas acciones, y por un error de bisturí perforé el nuevo corazón que le daría a esa niña una segunda oportunidad.

¿No sería bonito que el ardiente sol de la primavera descongelara mi pecho congelado? Sí, lo sería, pero también sería injusto. Porque cuando las manos de aquella niña se pusieron frías, juré que yo nunca volvería a sentir el calor de la vida. No volvería a tocar una rosa, para que no se marchite entre mis dedos. No volvería a respirar profundo, porque no me merezco un suspiro. No volvería a vivir. Nunca más. Lo prometí. Y pasará la primavera y el verano y el otoño otra vez, pero yo seguiré en siendo la misma pieza de hielo, que no podrá derretirse para mitigar su dolor, sino que afrontará las estaciones inmóvil e inerte, culpable, deprimida, olvidada… hasta el fin de las estaciones, y hasta el fin de los finales, cuando la alguno de los inviernos me lleve a mí también.

Iraima Valentina Andrade

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