Carpeta Amarilla

Conocí a la niña de los cerillos

Enero 2, 2016 por

NOTA DEL AUTOR: “Esta historia fue escrita para el Reto especial: Temporada navideña 1.0 del foro La Posada del Maíz”. Está un poco fuera de temporada, pero es hasta este punto que se me permitió publicarlo aquí.

—Todos son felices en Navidad —escuché decir a alguien que pasaba a mi lado, la noche del veinticuatro de Diciembre.

Y yo le creí. ¿Cómo no hacerlo? Si el espectáculo de luces de la Plaza Bolívar se reflejaba en mi rostro, pintándolo de colores distintos por segundo. No había un rincón al que no le llegaran las risas de los niños que jugaban entre los renos de alambre, la música navideña de la Orquesta Filarmónica de Bogotá o los chistes irreverentes de Andrés López. Sonreí complacida y escondí las manos en los bolsillos de mi chaqueta, pues aunque no hiciera demasiado frío, quería pretender que en América del Sur también se puede esperar una blanca, o cuando mucho fresca, Navidad. Di una vuelta a la plaza, tomé algunas fotografías y compré una que otra tontería que no necesitaba en las tiendas de los alrededores. En la acera de enfrente había un guitarrista callejero haciendo una versión caribeña country de Noche de Paz, y en la cuadra que seguía, me habían dicho, estaba montada la parranda con una tarima en medio de la calle.

Era noche de fiesta, noche de paz, noche de amor, noche de goce y exceso, después de todo. Las familias de toda Bogotá habían pasado el mes entero vaciando sus cuentas bancarias en luces, tamales, pernil del cerdo y regalos de Navidad para personas a las que no veían muy seguido o que veían demasiado seguido. Se notaba el esfuerzo en las puertas de sus casas, en sus ventanas, en sus jardines, y sumada a la decoración de las calles, daba la ilusión de que al menos por un mes todos podían amarse y ser felices. Se repartía alcohol y diversión nocturna incluso después de las tres de la madrugada, porque el gobierno decidió autorizar la fiesta sana y segura en los establecimientos que fueron buenos chicos ese año y pagaron todos sus impuestos a tiempo. Y eso hace a la gente feliz, tan feliz que podrían cantar, como canta el elenco de Cartas a Papá Noel en el Teatro Colsubsidio, que se pintó de blanco para tocar los corazones —y los bolsillos— del público, porque aproximadamente trescientos vestidos y diseños diferentes para el show no se van a pagar sólo con buenas intenciones y espíritu navideño.

Avancé otro rato por las calles y llegué a esa parte de la ciudad en que comienza a dibujarse la línea entre el falso Polo Norte pudiente y la un poco más cruda realidad colombiana. Grabé en mi mente las casas más pequeñas, más sencillas, con decoraciones que no excedían el millón de pesos en inversión, e intenté compararlas con las anteriores. Aborté la misión, porque no era justo. No estaban en igualdad de condiciones, y siempre ha sido políticamente incorrecto comparar cuando de eso se trata. Y no sólo era grosero hacerlo, sino además poco práctico, porque cuando gente de muchos recursos comparaba su casi blanca Navidad y su noche de paz y de amor con la calurosa Navidad sin aire acondicionado y la noche de trabajo porque esos días de asueto navideño los pagan dobles, era que comenzaba la repartidera de juguetes de Patio Bonito, donde ese año más de setenta niños recibieron presentes y más de veinte periódicos recibieron fotos de esos niños recibiendo presentes y chivos dándose la mano con el gobierno.

Y noche de paz, y noche de amor, y todos duermen alrededor. Pero si vas más allá de los límites de la calurosa Navidad sin aire acondicionado y la noche de trabajo porque esos días de asueto navideño los pagan dobles, hay gente que ni si quiera puede dormir, porque tienen tanta hambre y tanto frío que no saben si amanecerá sólo su alma o su cuerpo la acompañará también cuando salga el sol. Y ahí estaba ella, aferrándose a una llamita, en el fondo de un callejón. Allí vi por primera y última vez a la niña de los cerillos. Yo  era consciente de su sufrimiento, pero estaba demasiado apurada por llegar a la casa porque la cena ya estaba por ser servida, y nadie quiere llegar después de que los buñuelitos se terminen.

Yo escogí mi mentira, como todos los otros, y preferí creer que todos son felices en Navidad. Me hice de oídos sordos y ojos ciegos, aunque he escuchado su historia millones de veces y sé cómo termina. Sabía que no volvería a verla jamás, y no precisamente porque un milagro de Navidad la llevaría a un lugar mejor. La niña de los cerillos encontraría la luz eterna y la paz que estaba buscando, pero a cambio se consumiría esa última fuente de calor que luchaba contra este cruel mundo lleno de mentiras obvias pero socialmente aceptadas, y lo que quedaba de la llama, un punto pequeño e intermitente entre tanta oscuridad, acabaría por desaparecer con todos las luces quemadas y la comida navideña piche de las primeras semanas de Enero.

Iraima Valentina Andrade

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