Carpeta Amarilla

Tu cepillo de dientes

Diciembre 11, 2015 por

Nos conocimos esa vez, hace mucho tiempo. O bueno, no tanto, porque no somos tan viejos. Te gustaba pensar que eras una adulta en aquel entonces, una niña jugando a ser mujer, porque ya todos empezaban a verte de esa manera. Te invité a un partido de béisbol. Me rechazaste. Te pregunté por qué. Me dijiste que era mejor que sólo fuésemos amigos. Me puse testarudo. Te fuiste, y pasó mucho tiempo antes de que pudiese volverte a ver. ¿Te acuerdas de eso? Si te ríes, es porque la respuesta es sí. En ese entonces no querías contarme, pero me rechazaste porque tenías que ir a la escuela al día siguiente, ¿acaso no sería genial salir con alguien mayor? Sí, para ser la envidia de todo el grupo, y poder decir que saliste con el cantante de una banda, pero seguramente tu madre no iba a estar contenta.

En ese entonces eras linda, adorable, pero cuando volví a verte, gracias a mi exnovia, eras absolutamente hermosa. Así, simplemente. Sin más adjetivos, sin símiles ni onomatopeyas ni maquillaje. Porque tu cara es perfecta, tiene la simetría y dulzura de un ángel. El cabello rubio te cae en cascada por la espalda o permanece amarrado en una impecable cola de caballo alta, y sin importar lo que te pongas —o no tengas puesto— me dejas boquiabierto. Incluso en ese momento, e incluso ahora.

Te pedí tú número. Me agregaste a Snapchat. Salimos. Me tomaste una foto. Todos empezaron a decir que salíamos. Lo negamos, porque era más divertido así, era mejor cuando no había que rendirle cuentas a las redes sociales, cuando no que había que recordarle al mundo que estábamos de viaje o en un safari o en una fiesta o tomando el sol en una playa privada. Y otra foto en Snapchat. Y la gente presionándonos, como si el fantasmita blanco rodeado de amarillo fuese redondo como un anillo de compromiso. Lo aceptamos. Fui a verte brillar en tu mundo, conocimos Milán, y más Snapchat. Formé una nueva banda, te invité a comer pastel a la orilla del mar y te sugerí dejar un cepillo de dientes en mi departamento.

¿Miento si te digo que fue una propuesta inocente? Sí, porque estaba buscando la manera de retenerte. Cuando te parabas frente a mí, usando mi camisa de la noche anterior y nada más, sentía que quería amarrarte a las llaves de mi departamento para llevarte conmigo a todas partes. Pero tú tenías tus cosas que hacer, y yo las mías. A la banda le iba fabuloso, y ahora todos les había dado por darse cuenta de lo hermosa que eras. Estabas en todas partes, en cada esquina, y ya no sólo en mi mente.

Pero nada dura para siempre, o al menos, nada de lo bueno. Porque siento como si la pena que me dejaste sí fuera, si no a durar para siempre, al menos un buen tiempo. La gente comenzó a decir que peleamos en algún momento, no sé cuándo, y fue el chisme del año. Esta vez yo te tomé una foto, sólo para que los otros supieran que seguías conmigo. La gente creyó que estábamos bien. Yo creí que estábamos bien, y entonces dijiste, o dijimos —¿dijimos?— que teníamos que terminar. Grité. Gritaste. Y en verdad terminamos. Recogiste todas tus cosas de mi departamento, y sólo por el gusto, por la mala intención de que cada vez que lo viera te recordara, dejaste tu cepillo de dientes. Entonces podría imaginarte, como a un fantasma, rondando por ahí con mi camisa del día anterior y nada más. Así, cruelmente, exhibiendo las líneas perfectas de tu silueta.

Seguía —sigo— viendo cada mañana tu cepillo al lavarme la cara, cuando subiste una foto a Snapchat. Uno de mis amigos más cercanos usaba tus lentes de sol, tus lentes favoritos, y la camisa arrugada del día anterior. Enloquecí. Ignoraste mi desconcierto. Borré todas las fotos que tenía con ustedes. Continuaste con tu vida, ignorándome. Entendí que mi jugada me salió mal, y en lugar de retenerte a mi lado, cada vez que veía tu cepillo de dientes recordaba tus labios besándome. Con dulzura. Con pasión. Posando para la foto. Un día me armé de valor y lo arrojé a la papelera, y me sentí casi un héroe que vence a la bestia. El problema es, como comprenderás, que ya todo el baño apesta y aún no he sido capaz de sacar la basura.

Iraima Valentina Andrade

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