Carpeta Amarilla

Te empujaré

Noviembre 6, 2015 por

Permanezco en paz la mayor parte del tiempo. Imagino que lo rojo es blanco, y trato de ignorar todo lo que me molesta. Me porto como se supone que debería, como se me ha pedido. Me perfumo antes de salir de casa, me arreglo bien el cabello y uso bastante desodorante, porque quiero llegar bien presentable al lugar a donde voy. Pero hay cosas que me molestan, ¿sabes? Que me molestan tanto que no puedo transformarlas de rojas a blancas, que no puedo ignorarlas.

Uso el metro como todo el mundo, o bueno, como todo el mundo que no puede pagar algo mejor que eso, y lo odio. Como todo el mundo. Pero yo lo odio más que nadie, lo odio a todas horas, lo odio lleno, lo odio vacío. Odio en lo que me convierte. Lo odio porque odio a todo el que lo usa al mismo tiempo que yo, y eso me hace odiarme a mí misma. Desvanece mi perfume, combinando las mías con hediondas fragancias de la mierda que hunde a esta ciudad. Revuelve mi cabello, lo deja gomoso; me pone de muy mal humor.

Me pongo tensa con demasiada gente, y me aburro con muy poca. Eso significa que comienzo a pensar cosas que no debería, y pensar demasiado para mí es algo peligroso. Me gusta creer que la gente lo entiende, que se dan cuenta de mis maneras y pueden ponerse a salvo a tiempo, pero tengo claro que hay muchos que no están al tanto de la situación. Tú, por ejemplo, que te me adelantas siempre en la fila para entrar al metro de primero. No creas que no veo tus intensiones, cuando te deslizas lentamente a mi lado y vas a moviéndote hacia delante, para quedar justo al lado de las puertas del vagón cuando éstas se abran. Entras primero que yo, junto con muchos otros, y hay veces que incluso me toca esperar al siguiente viaje por tu culpa. Te crees muy listo, más que cualquiera. Lo que tú no sabes, y supongo que era mejor que no supieras nunca, es que ver tu espalda sudorosa y vulnerable me hace querer acercarme. No importa que seas un niño, un adulto mayor, un inválido, un idiota; no me importa tu bebé, no me importa si estás apresurado, no me importa a donde vayas. Porque ese instante, ese solo instante, lo compartiremos nada más que temporalmente. Observo cada pliegue de tu ropa, cada mancha de sudor en tu camisa, y busco el punto perfecto para poner mi mano. Sí. Mi mano. Para empujarte. Y que caigas.

Lo he pensado demasiado, te he visto demasiado, y me guardado las manos en los bolsillos de la chaqueta para contener mis ganas. Enrollo la lengua, me muerdo las uñas, busco perderme en la música relajante que sale de mis audífonos. Pero es demasiado, ¿sabes? Es como querer ir al baño. En cuestión de minutos te vas en el vagón y yo me quedo, y mis ganas de hacer cualquier cosa desaparecen. Vuelvo a ser la misma persona, la que sale de su casa un poco más temprano, perfumada y peinada, hasta encontrarme de nuevo contigo. Pero tengo que aguantarme demasiado, y siento que la próxima vez que te vea no aguantaré lo suficiente.

Me han dicho que la gente muere rápidamente cuando toca las vías del metro, que se retuercen como un poseído, y que bueno que lo ilustren de esa manera porque es una imagen bastante acertada. La corriente recorriendo cada hebra de tu carne, contrayendo y quemando cada músculo, debe ser algo así como un espíritu demoníaco. El olor incluso, como a fiambre cocido, debe parecerse al azufre del infierno.

Pero no son esas cosas a las que aspiro, aunque te aseguro que te empujaré si te vuelvo a ver. Porque sí, te empujaré. Quiero algo más de drama, que te duela más, o que yo pueda disfrutarlo más. Quiero ver las luces del metro aproximándose, cerca, muy cerca, y en ese preciso instante, cuando la misma adrenalina que comienza a llenar todo tu cuerpo me facilite las cosas, empujarte. Me gustaría ver que hay dentro de ti, qué color tienen tus vísceras si las mezclas con la suciedad de los rieles. Te empujaré. Explotarás como un fuego artificial, y tu luz nos impregnará a todos los que estemos cerca. Te empujaré. Entonces sentirás finalmente lo que yo siento, la tortura que atravieso cuando te veo irte en un viaje que me correspondía. Y mientras todo el mundo grita, chillando lo que sea acerca por qué la gente decide quitarse la vida en hora pico o rezando, yo permaneceré en silencio. Me meteré las manos en los bolsillos, como lo había hecho antes ya, y saborearé la sangre tuya que me ha caído en los labios. Sonreiré. Disimuladamente, algo casi confundible con una mueca de horror, porque no querré llamar demasiado la atención. Aprovecharé el escándalo para subir las escaleras, sintiéndome triste de ya no poder admirar la belleza de tu ser interior, y diré a alguien, a quien sea, que pase por allí: “Prefiero agarrar camionetica”.

Y la mejor parte es que hoy, o ayer, o la semana pasada, pudo haber sido tu espalda la que me resistí a empujar. O la del que estaba a tu izquierda. O a tu derecha. O a quien observabas desde adentro del vagón, que estuvo de primerito cuando se abrieron las puertas porque se me adelantó. Mañana podría ser la tuya, o la de alguien que amas, que quiera sentirse más listo e importante que los demás. Pero tenlo por seguro que te empujaré. Si vuelvo a verte, lo haré.

Iraima Valentina Andrade

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